A los pocos instantes, la entrada principal se cierra de un portazo, un señor portazo. Corro al vestíbulo del ático, no hay rastro de Nick, si exceptuamos que la puerta de espejo del ascensor está hecha añicos. A pesar de mi enajenación, pienso en el daño que le habrá causado a su pobre mano. Entonces me echo a llorar. Aúllo a la luna, sin esperanza, hecha un mar de lágrimas. Estoy desesperada y fuera de control. Es como si me estuviera poniendo a prueba, como si Nick tratara de ver si soy lo bastante fuerte como para sacarlo de toda esta mierda y, además, tengo que luchar contra la molesta sensación de que soy yo la que lo hace ponerse así. No es sano. Vuelvo al interior y veo mis cosas ordenadas en fila a un lado de la escalera. ¿Qué hago con ellas? ¿Voy a quedarme? Las

