—¡Más fuerte! —grita clavándome los pulgares en la cintura. —¡Nick! —Aún no, nena. Aún no. Contrólalo. Trago saliva y tenso todos los músculos de mi cuerpo. Me quedo rígida. No sé cómo lo hace. Su cara refleja el esfuerzo, tiene la mandíbula apretada y siento palpitar su polla. Posee un autocontrol increíble. Voy en barrena hacia un orgasmo épico. La fuerza con la que me pellizco los pezones aumenta a medida que se acerca. Entonces desliza una mano hacia el interior de mis muslos y me acaricia suavemente. Las subidas y bajadas de sus caderas hacen que la fricción de sus dedos se ajuste al ritmo de sus lentas estocadas. Empiezo a sacudir la cabeza, desesperada. —¡Nick, por favor! —¿Quieres correrte? —¡Sí! Me acaricia el clítoris con el pulgar. —Córrete —ordena con o

