Me besa la mano, se levanta y me da otro beso en el estómago antes de salir de mí y arreglarse los pantalones. Me observa mientras se abrocha el cinturón y luego se seca los labios húmedos y lascivos con el dorso de la mano. —Tengo que irme. Sal de mi vista antes de que vuelva a poseerte. —Me toma de la mano y tira para levantarme del mármol; luego me da un beso largo y sensual en los labios—. Corre. Sopeso la posibilidad de no moverme ni un milímetro. Quiero más, pero él parece satisfecho con continuar su día sin mí, y eso debe de ser bueno. No quiero descarriarlo, así que me marcho, en cueros, y consciente de que me está mirando. Me detengo en el arco de la entrada y me giro. Está de pie con las manos en los bolsillos, las piernas un poco abiertas y los ojos brillantes. M

