Le quito una mano del cuello y se la paso por el pecho y los abdominales; dibujo círculos lentos alrededor de su ombligo. —Vale —concedo. Por mí perfecto. No puedo pensar en nada que me resulte más natural, ni ahora ni nunca. Deja escapar una bocanada de aire, está agotado. —Venga, vamos a secarte. Me separo de él. Me cuesta mantenerme en pie. Estoy hecha polvo. Le tiendo la mano y él la acepta de buena gana, aunque no lo ayudo nada cuando se incorpora. Veo que aún tiene restos de crema de cacao en el pecho, así que me agacho, cojo el gel de ducha y me echo un poco en la mano. Me observa formar espuma entre las palmas y apoyarlas contra su pecho. Luego las muevo a lo largo de su cuerpo. Tiene el pelo pegado a los firmes músculos del cuello. Cuando termino, me inclino p

