Martín sintió las lágrimas calientes de Valentina contra su pecho desnudo y, por un segundo, su agarre se suavizó. Pero cuando ella levantó la cara y lo miró con esos ojos brillosos, llenos de una mezcla de vulnerabilidad y deseo, algo dentro de él cambió. La ternura se transformó en hambre pura. Sin decir ni una palabra, tomó el rostro de Valentina entre sus manos grandes y la besó. No fue el beso furioso del pasillo. Fue profundo, lento al principio, pero rápidamente se volvió voraz. Su lengua invadió su boca con posesión absoluta, reclamándola como si quisiera borrar cualquier rastro de Ignacio de sus labios. —Ven aquí —gruñó contra su boca, tirando de ella hasta que quedó sentada a horcajadas sobre sus caderas—. Esta noche eres mía, Valentina. Solo mía. Nadie más te toca. Ni mi padre

