Cap. 2: Que hable ahora o que calle para siempre

2106 Words
Estoy sentada en la silla alta que trajo el makeup artist (el maquillista profesional), la cual luce como una de esas sillas para los directores de las películas, estoy contemplándome a mí misma en el espejo, mientras el tipo éste hace “su magia”, sus palabras, no las mías. Estoy bastante nerviosa, me miro al espejo, y no puedo dejar de pensar que esto es un error, siento que es un gran error, estoy cometiendo un terrible error, un gigantesco error, no sé en que momento mi vida se descarriló tanto y terminó conmigo, aquí, justo en éste terrible momento. -Hey, anímate, parece que estás por caminar la green mile (la milla verde = referencia a la película de ese título en inglés, de título “milagros inesperados” en español) -Ay Marian, yo- quiero decirle que tengo miedo, estaba finalmente por decirle que no me quiero casar, pero en eso veo que entra su madre -Oh wow, querida, estás quedando, preciosa, ey, ¿pero qué es lo que significa esa carita?- me dice tomándome la mano izquierda y poniéndola dentro de las suyas -Oh, nada, es solo que no pude dormir bien- le miento, vilmente, ¿me he convertido en una mentirosa?, creo que es mejor mentirle que tener que decirle la verdad a la cara, ellos gastaron tanto dinero en ésta boda, y yo, simplemente no puedo -Es lógico, es por los nervios previos a la boda, pero no te preocupes, tan pronto estés de pie justo al inicio del pasillo, todos esos nervios desaparecerán- voy a decirle que lo dudo, quiero decirle que no creo en eso que acaba de decirme, ni tantito, cuando una voz tan bien conocida para mí, anuncia a la mujer que acaba de entrar también a la habitación en la que me están preparando para “el mejor día de mi vida”, nótese el sarcasmo por favor -Cariño, ¿cómo estás?, oh cielo santo, por poco y no te reconozco, estás preciosa, pareces una actriz famosa de Hollywood, el novio se desmayará en cuanto te vea- sonrío ligeramente, forzándome a hacerlo, también a ella podría decirle, a ella más que a nadie, ella debería estar de mi lado, apoyarme sin importar qué, pero por alguna tonta razón, sencillamente no lo hago, no digo absolutamente nada -Señoras, si me permiten- dice el maquillista con esa actitud suya medio prepotente, tiene cierta actitud inconfundible y engreída -Oh, lo sentimos- -No era nuestra intención, no queremos estorbar- dicen ambas mujeres al mismo tiempo -Pues estoy corto de tiempo, necesito, es pa cio- les dice remarcándoles cada una de las sílabas mientras truena sus dedos y los mueve exageradamente hacia los lados- claro, eso es sólo si quieren que la novia esté lista a tiempo para el gran evento del día -Oh sí, Nos vamos- -Nosotras ya nos vamos- ambas mujeres se despiden y salen de la habitación saludándome con las manos o aventándome besos -Awwww, son bellas las dos- me dice Marian -No lo son- gruño ligeramente, estoy cansada de todo esto, de ésta farsa, sólo quiero que se termine de una buena vez todo esto y tirarme al piso para llorar hasta que me muera de deshidratación -Oh vamos grinch, anímate, o dime y ahorita mismo pongo el mustang de papá en la entrada y nos desaparecemos, tú sólo dilo, Vegas, allá vamos- dice animada, siempre dijimos que nos daríamos una escapada juntas a las Vegas, no sería un mal momento para hacerlo -Pues consigue las llaves, just in case! (¡por si acaso!)- le digo, mirándola a los ojos, y aunque ella se ríe, se lo dije con toda seriedad, no estoy bromeando -Oh vamos, anímate, el tipo es guapísimo, y tiene un cuerpo, ufff amiga, eres la envidia, todas están murmurando llenas de envidia, quisieran ser tú- la escucho y trato de convencerme de que es verdad todo lo que me dice, pero por alguna extraña razón, no lo creo, no lo siento así, o no sé, tal vez es porque ella no sabe que es lo que en verdad estoy sintiendo, pero cómo lo sabría si no le he dicho nada a nadie, ni siquiera a mi mejor amiga. El tal Julio terminó con el maquillaje y el peinado, finalmente, y se retiró del lugar, dejándome a solas con Marian. -Vamos, ya casi es hora, pongámonos el vestido y te ayudaré también con el velo -Ok -Ánimo, te dará la confianza que necesitas, es como si fuera un traje de súper heroína -Primero eso- le digo apuntando al fondo mientras me quito la bata, quedando en la ropa interior de encaje blanco -Uy chica, el novio es un bastardo con suerte, ésta noche disfrutará como un niño en parque de diversiones- me dice y el sólo hecho de pensar en la noche de bodas, me hace temblar, no quiero, yo- -No, yo, no puedo- le digo entrando en una espiral de pánico -Calma, calma, ¿quieres que vaya por él y le digamos que se cancela todo?- eso me da más miedo -No, no, no seas tonta, ayúdame con el zipper- me meto por debajo del esponjoso vestido, salgo por la parte de arriba y siento como Marian me ayuda con el cierre como le dije -Ey, chica, creo que de verdad deberíamos pensarlo, te veo mal, muy mal, ¿estás segura de querer seguir con esto? -Sí, obviamente, son sólo los tontos nervios- le digo, tratando de convencerme a mí más que a ella, ya que la alternativa es, no, sencillamente no es una opción. Me ayudó con el velo y al mirarme al espejo, lista, en lugar de sentirme feliz, me invadieron unas inmensas ganas de llorar, what’s wrong with me? (¿Qué pasa conmigo?) Salimos de la habitación y no se escucha nada o nadie aquí arriba, bajamos las escaleras y en cuanto puse ambos pies en el piso, me invadieron unas inmensas ganas de vomitar, le hice señas pero Marian no me entendió, así que corri al baño más cercano, que resultó ser el baño de visitas casi a la entrada de la casa. Gracias al cielo que Marian reaccionó a tiempo y me ayudo a detener el cabello y el velo, evitando con eso manchar la fina tela. Después de tener únicamente el impulso o el reflejo de vomitar, pero ya nada salió, dimos por hecho que había sido todo, con cuidado caminamos hasta el lavabo, me enjuagué la boca, tomando pasta de dientes y enjuague bucal, que por suerte había aquí. Cuando finalmente logré calmar a mi estómago me vi al espejo. -Oh rayos, el rímel, se corrió Marian- le digo entrando en pánico -Maldita sea, espérame- me dice tomando un pedazo de papel y empezando a limpiar con cuidado el contorno de los ojos, que obviamente lagrimearon por todo el esfuerzo de hace unos momentos -¿Qué m ierda te pasa?, debiste haber salido hace más de quince minutos, me hiciste venir a buscarte, ¿tengo que llevarte yo mismo?- su voz invadió el pequeño baño después de un estruendoso portazo cuando entró empujando la puerta. Todo fue confuso, no recuerdo bien que tanto me dijo, o que le dijo Marian, los vi mover los labios, mirándose entre ellos, luciendo como si estuvieran gritando, pero yo sencillamente no recuerdo haber escuchado una palabra de lo que se dijo. -Te escuché, ya voy, no hace falta, que- le dije sin saber si era lo que quería escuchar de mí -¡Apúrate!- me dijo saliendo de ahí -¡Qué imbécil!, ¿qué no ve lo nerviosa que estás?, ni siquiera preguntó a que se debía el retraso- Marian murmuró, quejándose, pero yo sencillamente me lavé las manos, me las sequé y me inspeccione, no quiero salir con el vestido lleno de vómito, eso lo pondría furioso. Salimos del baño y ahí estaba, bebiéndose una copa de champaña, iba a decirle algo sobre que ya me sentía mejor, pero él sencillamente me ignoró. -¿Ya estás lista?- me dijo casi gritando -Ya, lo estoy, yo- -No tardes, iré a tomar mi lugar, no me hagas enfurecer más de lo que ya estoy- me hizo temblar un poco la idea, estoy segura de que más tarde me hará pagar por este retraso. Lo vi salir, después de aventar la copa en una mesa, la copa larga y delgada rodó y se calló, obviamente rompiéndose en el piso, él ni siquiera se dió la vuelta para ver que había pasado. -Calma, sólo, ignóralo, ¿estás lista?- quería decirle que no a Marian, quería decirle que nunca lo estaría, quería pedirle que corriera a traer al Mustang rojo de su padre, para irnos, para huir mientras aún podía, pero yo sencillamente asentí. Marian enroscó su brazo en el mío y me ayudó a caminar hasta las puertas principales de salida al jardín, las cuales tienen unas cortinas blancas traslúcidas que bloquean la vista hacia el área en que acomodaron las sillas y el altar, desde donde se escuchan voces. -Voy a salir, recuerda no des tu primer paso hasta que escuches el piano -Ok, paso, piano- le dije sonando como un telegrama -Exacto, me voy, te veo al frente, recuerda, un pie delante del otro, despacio, no queremos caernos- y con eso levantó rápidamente con su mano las cortinas y salió del lugar, dejándome con pensamientos de mí, cayéndome, a medio pasillo. Quería darme la vuelta y salir huyendo de aquí, pero fue cuando escuché pasos que se acercan, así que volteé con curiosidad, buscando el origen del sonido, y lo vi, todo vestido de n egro, de pies a cabeza todo era n egro, saco n egro, camisa negra, corbata negra, pantalones negros, zapatos negros, y debajo de sus hermosos ojos, dos enormes marcas negras, evidente señal de que no ha dormido absolutamente nada en varios días. Me iba a decir algo, lo vi levantar su mano y abrir su boca, pero fue entonces que escuche el piano, tocando la marcha nupcial, y yo, sencilla y cobardemente me volteé al frente, levanté la cortina y huí de ahí, dejándolo atrás, dejando todo atrás. Quería llorar, tenía un enorme nudo en la garganta, venía viendo el piso, tratando de no caerme con estos ridículamente enormes tacones que mi prometido insistió en que yo usara, cuando recordé el público presente, levanté la mirada, recorriendo el largo pasillo en toda su extensión, para encontrarme con su frialdad, mirándome con la quijada apretada y sentí que se me torcería un tobillo, me tambaleé un poco, me detuve por un segundo y recuperé el equilibrio, avancé hasta llegar al frente, lugar en el que no quería estar, desearía estar en cualquier lugar, excepto aquí, excepto ahora. Me dió la mano y en cuanto la tomé, me dijo: -Sube el maldito escalón, de una buena vez- Tragué saliva, creo que al menos el ministro no lo escuchó y el velo oculta mis verdaderas expresiones faciales. El oficiante, dijo todo lo que debía decir, y yo sólo quería que todo esto, que ésta farsa terminara de una buena vez. Empecé a sentirme ligeramente mareada, y la voz del oficiante se fue alejando y alejando, su voz sonaba como apagada, empecé a sentir hormigueo en mis dedos, después empezó a subir por mis manos, creí que me desmayaría, hasta que escuché la frase fuerte y clara: -Que hable ahora o que calle para siempre -¡Yo me opongo!- de inmediato reconocí su voz, vi el rostro del hombre justo en frente de mí, ponerse rojo prácticamente al instante de haberlo escuchado. Volteó hacia atrás y yo después de él, y ahí estaba, de pie, a medio pasillo, con las miradas de todos nuestros familiares y amigos sobre él, juzgándolo, pero a él no parecía importarle, él sólo me veía a mí y yo sólo tenía ojos para él. -Lárgate de mi boda o juro que te arrepentirás por el resto de tu vida, maldito miserable de m ierda- escupió mi prometido -No estoy aquí por ti, estoy aquí por ella, para evitar que la obligues a casarse contigo, maldito enfermo- -Señorita, ¿la están forzando?- escuché la voz detrás de mí, proveniente del altar, y me forcé a no mirar al hombre de cabello canoso que sostenía un libro -Sí, díselo, dile como te está obligando, díselo, por favor- me dijo suplicante, dando varios pasos hacia nosotros -No te acerques maldito o te juro que no respondo- la amenaza salió entre los dientes apretados del ya nada feliz novio -Vamos, cariño, dile al ministro la verdad, hazlo, por mí y por ti-
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD