A pesar de estar en el último tramo de su vuelo para encontrar a Riley, Russell y su oso estaban de acuerdo en que sentarse en un asiento de avión demasiado pequeño no se sentía bien. Tenía ganas de rugir, de acuchillar cosas con sus garras. —Tranquilo, hijo —volvió a decir su padre—. El pánico no la traerá de vuelta, ni la alejará a salvo de su hermano. —Unos dedos cálidos y duros se posaron en su brazo. —Lo sé —gruñó Russell—. Es que me mata, padre. Hemos estado en la mente y los sueños del otro desde que nos conocimos. Estar fuera… —Lo sé —respondió Norman—. Tu madre y yo compartimos sueños durante años. Cuando ella murió… El anciano guardó silencio. A pesar de su propia angustia, Russell no pudo evitar notar el evidente dolor de su padre. Había supuesto que el apareamiento de sus p

