CAPÍTULO 9

1207 Words
EL SOL DE MENDOZA Y EL PESO DEL ORO Narrado por: Nikolai Sheremetev Argentina era el escenario perfecto para el acto final de mi engaño. Llevábamos tres años juntos, tres años en los que Harper Ford había dejado de ser la estudiante de finanzas de mirada desafiante para convertirse en mi mujer, mi hogar y, sobre todo, mi debilidad absoluta. Ella era el único rincón de luz en una existencia que yo mismo había pavimentado con sombras y sangre. Pero mientras el sol de Mendoza caía sobre los viñedos con una calidez casi divina, el frío de Moscú me alcanzaba a través de las ondas de radio, recordándome que el "Zar" no tiene derecho a la paz. La presión de Rusia se había vuelto insoportable, una prensa hidráulica que amenazaba con aplastar el cráneo de mi felicidad. Ekaterina, esa mujer que llevaba mi apellido como una armadura de hiel, exigía que el aniversario de la década —diez años de matrimonio— fuera el evento del siglo. No era amor lo que buscaba, era estatus; quería restregarle al mundo que el hombre más poderoso de la naviera Sheremetev seguía atado a su cama, aunque fuera por un contrato de papel. Pero el golpe de gracia no vino de ella, sino de mi abuelo. El viejo patriarca de la Bratva, el hombre que me enseñó que la piedad es un defecto genético, me envió un mensaje que lo cambió todo. "Nikolai. La paciencia se ha agotado. El aniversario no será en Moscú. Hemos decidido que Nueva York será el escenario. El restaurante L'Éclat ha sido reservado para dentro de 21 días. Si no estás allí con tu esposa legal, las fotos de tu 'camarera' de California serán enviadas a cada familia enemiga de los clanes. La verán como tu talón de Aquiles. No morirá rápido, Nikolai. Pon orden en tu casa o yo la limpiaré por ti." El miedo, un sentimiento que yo creía haber extirpado de mi sistema a los veinte años, me perforó las entrañas. No temía por mi vida; temía por la de ella. Veintiún días. Tenía veintiún días antes de que el mundo explotara. Mi solución fue la más cobarde, la más rastrera, pero la única que mi mente desesperada pudo concebir para mantenerla a salvo: proponerle matrimonio a Harper. Si ella creía que íbamos hacia un futuro real, si aceptaba el anillo, podría sacarla de Estados Unidos con el pretexto de una "nueva aventura de amor" antes de que la gala de la muerte comenzara en Manhattan. En los viñedos de Mendoza, bajo un sol que parecía bendecir mi pecado con una ironía cruel, me arrodillé. El suelo de Argentina estaba seco, pero el aire olía a uva madura y a esperanza, un contraste violento con el olor a ceniza que yo sentía en mi propia garganta. Saqué un diamante que me había costado una fortuna en Amberes, una piedra que para cualquier otro hombre sería el símbolo de un compromiso sagrado, pero que para mí no valía nada comparado con la pureza de las lágrimas que brotaron de los ojos grises de Harper cuando me vio en el suelo. —Nikolai… ¿qué estás haciendo? —susurró ella, su voz temblando como una hoja en medio de la pampa. —Hacer lo que debí haber hecho hace tres años —mentí, y cada palabra se sentía como un clavo ardiente en mi lengua—. Harper Ford, eres mi vida. Eres la única razón por la que todavía me reconozco al espejo. No quiero pasar un segundo más sin que el mundo sepa que eres mía. ¿Te casarías conmigo? Cuando ella dijo "sí", el sonido no fue de triunfo para mí; fue el sonido de una trampa cerrándose sobre ambos. Le puse el anillo sabiendo que, técnicamente, estaba cometiendo bigamia en mi corazón y en los registros de la realidad. Mientras ella me abrazaba, sollozando de felicidad, yo miraba por encima de su hombro hacia el horizonte nevado de los Andes, calculando cuánto tiempo me llevaría trasladarla a una villa blindada en la costa, lejos de Nueva York, lejos de las fotos, lejos de mi abuelo. —Tenemos que celebrar esto, princesa —le dije, forzando una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. Pero no aquí. No en la ciudad. Quiero que desaparezcamos. Quiero una aventura de amor, solo nosotros dos, antes de que los compromisos de la naviera me absorban de nuevo. Vámonos a la Patagonia. Vámonos donde nadie sepa nuestros nombres. Ella, ebria de amor y con el brillo del diamante cegándola, asintió sin sospechar que su "prometido" estaba huyendo de un contrato de diez años y de una amenaza de ejecución. Las horas siguientes fueron un torbellino de actividad frenética bajo una máscara de romance. Mientras Harper preparaba sus maletas cantando bajito, yo estaba encerrado en el baño, enviando mensajes encriptados a Stefan. "Prepara el jet. No volvemos a Nueva York. Destino: Bariloche, estancia privada. Seguridad nivel 10. Si un solo fotógrafo se acerca a un radio de cinco kilómetros, mátalo. Si mi abuelo pregunta, dile que estoy en una auditoría en los puertos del sur. Necesito tiempo, Stefan. Necesito que Nueva York sea un fantasma durante los próximos 21 días." El peso del oro en mi bolsillo —mi teléfono satelital— se sentía como si cargara con el plomo de mi propio ataúd. Cada vez que Harper se acercaba para besarme, mostrándome el anillo en su mano, yo sentía que la estaba asfixiando con el peso de mis mentiras. —¿Estás bien, Nikolai? Estás sudando —me dijo ella, poniendo su mano fresca sobre mi frente. —Es solo el sol de Mendoza, amor —respondí, besándole la palma de la mano—. Es demasiado intenso. Mentira. Era el fuego de Rusia que ya empezaba a lamer mis talones. Esa noche, mientras ella dormía con una sonrisa de paz absoluta en los labios, yo me quedé sentado en la terraza de la villa, mirando la oscuridad de los viñedos. Tenía veintiún días para lograr lo imposible: divorciarme de una mujer que no quería soltarme, neutralizar a un abuelo que quería sangre y mantener a Harper Ford Wilson convencida de que este viaje era una luna de miel anticipada, y no un destierro para salvarle la vida. El "Zar" estaba solo. El "Zar" tenía miedo. Y bajo el sol de Mendoza, me di cuenta de que el precio del oro que yo poseía era la libertad de la única mujer que me había enseñado lo que significaba ser humano. No sabía cómo terminaría esta farsa, pero mientras cargaba a Harper dormida hacia el coche que nos llevaría al jet en mitad de la noche, le juré en silencio que, si tenía que quemar Nueva York para que ella siguiera sonriendo, lo haría sin parpadear. —Despierta, princesa —susurré cuando el motor del jet empezó a rugir—. Nuestra aventura apenas comienza. Ella se acurrucó contra mi pecho, sin saber que el avión no volaba hacia la felicidad, sino que huía de una gala de aniversario que ya estaba escrita con mi nombre y el de otra mujer en letras de oro y sangre. Los 21 días habían empezado a correr.
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