Proseguí proyectando la foto que Mauro había tirado una vez llegado a la escena en mi ayuda y que mostraba al asesino vestido de n***o, cogido de espaldas, y a mí, atada a dos palos fijados en el suelo y rodeada por un círculo de fuego, vistiendo sólo los extraños leotardos semi transparentes. ―Pero, ¿por qué Carrega te adornó de un modo tan extraño? ―preguntó el doctor Perugini. ―Era prerrogativa de Aurora poner en practica juegos eróticos con estos leotardos concretos, disponibles en un s*x shop, y vendidos sobre todo a los amantes del fetichismo. Adornándome de esa manera, en caso de que la policía interviniese, como en efecto ocurrió, Carrega podría haber huido y la culpa hubiese recaído sobre Della Rosa, que, de todos modos, era imposible de encontrar. De hecho, nosotros no sospechá

