Corro sin mirar atrás hasta llegar al único lugar donde me siento en paz. Caigo en la grama del jardín, y fijo mis ojos en aquel ocaso que poco a poco va desapareciendo entre las enormes y calurosas dunas del desierto, lloro, dejo derramar esas lágrimas que me jure jamás volver hacer. Como podría no llorar si eso es algo inevitable. Aprieto mis puños tratando de controlar estos sentimientos tan absurdos que ciento, tratando de controlar ese vacío tan inmenso que me embarga. Mi labio inferior tiembla por el llanto y el corazón me late tan de prisa que me tranca un poco la respiración. Niego decaída, incapaz de seguir, débil y sobre todo rota. Amar duele, duele tanto que se te es incapaz de continuar de seguir, me siento cautiva, encerrada en este enorme palacio, sin amigos, y con muchos

