CAPÍTULO 3

1240 Words
Cuando creí que mi día no podría empeorar. El mismo diablo toca mi puerta con una propuesta. Pero, ¿a cambio de qué? Nada bueno. Con desconfianza y sin bajar el atizador lo observo caminar por el salón de mi departamento. Su mirada lo ve todo y evito pensar en el hecho que Elliot está en mi departamento. Odio que siga viéndose tan imponente y seguro de sí mismo como hace tres años. Es un cabrón de mierda. Es el hombre que nos dio la patadita en el culo, querida. Hago una mueca cuando mi estúpida e impertinente consciencia asoma su fea cara. —Baja ese atizador— dice sin mirarme —Tienes mayores problemas en este momento. —No sé, porque coño te deje pasar. Voltea y me mira sin expresión. —Veo que sigues manteniendo esa boca inteligente. —Sí, sigo maldiciendo como camionero. Sin embargo, en público eres una dulce y refinada mujer. Tuerzo el gesto porque es cierto. Frente a todos soy la mujer elegante y sofisticada que no esperan que sea por ser hija de mi madre. Pero, eso se fue al carajo desde que tome decisiones respaldadas por una botella de tequila. Evito hacer una mueca. —Pero eso no es tu problema Stanton. —¿Podemos hablar? —¡Mira! La última vez que me dijiste que teníamos que hablar me dejaste plantada el día de nuestra boda en las Vegas. Sus ojos oscuros se encienden ante mi ironía del recuerdo. Chasquea los labios. —Tenía la esperanza que no recordaras ese hecho. Resoplo. —Di lo que tengas que decir y desaparece. Con arrogancia suelta el botón de su americana y toma asiento en el sofá para mirarme con seriedad. —Tengo un trato que nos puede beneficiar a los dos. —No me digas. —Que me responderías si te digo que estoy dispuesto a ayudarte para que acceder a tu fidecomiso. Lo miro como si acabara de decirme que la luna es de queso y que el ratón Pérez es su primo. —Primero, no sé cómo supiste lo del fidecomiso— bajo el atizador y lo miro desde mi lugar —Segundo, es una broma de mal gusto. —No lo es. Hablo en serio. Lo estudio e intento encontrar alguna muestra de diversión, pero increíblemente no es así. —No sé en qué te beneficiaría hacer eso. Con pericia quita una invisible pelusa de su pantalón antes de mirarme. —Sobre eso, Digamos que necesito cumplir con algunos requisitos para obtener el negocio de mi vida. Sus palabras me dejan algo sorprendida. Elliot es un reconocido inversor. Además de tener un prestigioso negocio tecnológico. Básicamente, les vende tecnología a los complejos turísticos del mundo y todos le buscan para obtener un poco de ese ingenio. Inevitablemente sonrío con ironía. —¿No me digas que alguien está condicionando a Elliot Stanton? —Nadie me condiciona—. Espeta en tono plano— Pero quiero un negocio y lo voy a obtener. —¿Y qué te hace pensar que yo quiero ayudarte? —doy un paso al frente. —El hecho que el banco te ha rechazado el préstamo y tienes un escándalo encima, del cual no saldrás rápido. A menos que te ayude. Lo miro mal. No me sorprende que Elliot haya investigado mi situación actual. —Tú, ¿ayudarme a mí? —lazo una carcajada hueca. Se pone de pie. —Aria, piensa que ambos podemos obtener lo que queramos. Sé que ha pasado mucha agua debajo del puente. —No hay puente —digo en tono seco —Ni eso quedo. Mis palabras lo hacen callar. Asiente con solemnidad. —Qué me dices si te invito a cenar esta noche y hablamos del asunto contigo más tranquila. No es una pregunta. Simplemente está demandando. Hay cosas que nunca cambian. —No. —Enviaré a mi conductor a las ocho. Con eso pasa por mi lado. —¿Acaso perdiste la audición? —gruño— Te dije que no voy a cenar contigo, menos aceptar algo que venga de ti. —Sigues siendo la misma terca de siempre. —Y tú el mismo idiota—. Replico. —Piensa en un minuto que estarías por cumplir tu sueño— dice. —Ya no sabes cuáles son mis sueños, Elliot. —Tal vez, pero puedo ver que ambos podemos salir adelante en nuestras respectivas situaciones. Me volteo y lo enfrento. —Lo que debe atraerte hasta aquí debe ser muy importante—. Ladeo la cabeza—Porque si mal no recuerdo, tus últimas palabras fueron: “Deja de creer que todos son buenos y que puedes tener lo que quieres con solo pedirlo... Madura, Aria.” Veo como su postura se tensa y el tic en su mandíbula aparece. —Ya veo. Se encamina a la puerta. —Está lista para esta noche. Levanto las manos exasperadas. Cuando Elliot deja mi casa, dejo escapar el aire que no sabía estaba conteniendo y siento como los latidos de mi corazón retumba en mis oídos. Me dejo caer en el sofá y miro hacia la puerta sin creer que por ella acaba de salir el hombre más importante de mi vida y al mismo tiempo al que odio con todo lo que soy. Elliot y yo tuvimos una relación por dos años. Le conocí en una fiesta del partido político de mi padre cuando tenía veinte años. Él estaba empezando su imperio y era cinco años mayor que yo. Todo sucedido rápido. Entre los dos hubo un clic que nos envolvió en un torrente de emociones y situaciones, en principio mi padre no estaba de acuerdo con nuestra relación. Pero eso no fue impedimento para que tuviéramos una. La cual duro dos años. Elliot me había pedido matrimonio en mi cumpleaños y acepté con los ojos cerrados. Le amaba. Así que, creyéndome una mujer con suerte, llegamos a las vegas. Pero el mismo día de la ceremonia, Elliot se echó para atrás. Sus razones fueron tan pobres que en realidad fue evidente que no quería casarse y su pedido unas horas antes fue en el calor del momento. Cuando me miro a la cara y me dijo que había cometido un error, y que no quería casarse fue como si el piso se abriera bajo mis pies. Así que deje las vegas con el corazón roto. Por semanas me recluí en casa de mi madre en busca de un poco de consuelo, pero solo encontré miradas de fastidio y palabras como: ¿Qué esperabas de él? No supiste retener al hombre, Aria. Eres tan insípida, que no me extraña que te dejara. Solo das problemas. Que esas palabras vengan de la mujer que te trajo al mundo, la cual se supone es tu consuelo, no es agradable. Salí de esa casa lo más rápido que pude. Dos semanas después, entre a urgencias con un terrible dolor. Estaba teniendo un aborto espontáneo de un bebé del que no sabía que existía. El bebé de Elliot y mío. Pero él nunca lo supo. Pensé que jamás volvería a verlo y estaba bien con eso. No es como si quisiera ver al hombre que me rompió de mil maneras sin que lo supiera. Sin embargo, ahora está aquí y no sé cómo sentirme al respecto. Lo que no puedo negar es que tengo curiosidad de saber más sobre su perturbadora propuesta.
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