Me senté frente a un escritorio antiguo y él se sentó junto a mí, no del otro lado. —Dígame qué la trae a mi casa hasta hoy, Hannah —me pidió colocando los codos sobre los muslos y buscando mis ojos—. La estuve esperando por un largo mes. Quise evitar ver aquellos ojos café claro, tan profundos y atrapantes, pero fui incapaz. ¿Me preguntaba por qué iba hasta ahora? ¿No debía preguntar qué hacía allí? —Quiero tratar algo... con usted —murmuré, aferrándome a los bordes de la toalla con los dedos. Adam bajó la vista un momento, cómo sí hubiese esperado otra respuesta mía. Luego se puso en pie y sacó una botella del bar que había allí. Se sirvió un trago, me miró. —¿Quiere uno? Estaba tan abrumada y tan inquieta que deseé aceptar esa bebida, para aligerar mi corazón. Pero solo negué y me

