Mientras tanto, su mano izquierda me sujetó por la parte posterior de la cabeza mientras me llenaba el cuello de tentadores besos, que me supieron a impaciencia. —Adam... —sonrojándome cada vez más, miré hacía la puerta por donde pronto entrarían sus empleadas con los platillos de la cena. ¿No le preocupaba que nos vieran en esas circunstancias? ¿Acaso ni siquiera le importaba? Una exclamación mía rompió la quietud de la noche cuando ese hombre, mucho más fuerte y grande que yo, con la sangre llena de alcohol, barrió con un brazo los platos ya colocados en la mesa e hizo espacio al hacer que cayeran en el suelo y se rompieran, junto a todo lo demás. ¿Espacio para qué? La respuesta a esa pregunta vino enseguida. Adam me jaló por las caderas y me colocó al borde, para después obligarme a

