Lo escuché exhalar de manera muy profunda. —Hannah, amor, por favor, dime algo —me pidió con voz queda, suave y angustiada. Los labios me temblaron y, despacio, lo volteé a ver. Miré su cabeza inclinada sobre mis piernas, sentí su frente presionando mis manos y fui capaz de palpar su sincero arrepentimiento en el aire, llenando la habitación. Dudando, despegué los labios y las palabras que quería decir se formaron en mi garganta una por una. —Pensé que serías igual a ella —fue un murmullo bajo, susurrante, más bien un pensamiento exteriorizado sin querer. Mi boca se cerró y mis ojos se tornaron enrojecidos. Brusca, retiré mis manos y él terminó alzando la mirada, sorprendido por mi repentina actitud hostil. —¿Qué has dicho? —me costó preguntar. Adam se dio cuenta de que lo había oído

