El frío golpea mi espalda y eriza mi piel. Así no puedo dormir bien, por lo que abro los ojos y veo mi torso destapado. Me siento en la cama, pero al sentir un dolor tenue en mi entrepierna, me quejo y vuelvo a acostarme. Al instante, Gabriel se despierta, al escuchar el quejido. —¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunta, aún adormilado. —Estoy un poco dolorida, nada más. Gabriel asiente y pasa sus manos por el rostro para desperezarse. —¿Qué hora es? —pregunta y yo tomo mi celular del mueble, para ver la hora. —Son las siete de la mañana. —Tengo que ir a trabajar. —¿Me das permiso de bañarme yo primero? —digo. —Sí, mientras me duermo otro rato. Me levanto de la cama y me cubro el cuerpo con la bata. Voy al baño con andar lento; cada paso que doy, me duele. Al entrar al baño y desnuda

