Había algo distinto en la forma en que dormía.
Lo noté incluso antes de que mi mente terminara de despertar del todo. Elena estaba acurrucada contra mí, con el rostro escondido en mi pecho, respirando de una manera suave, como si cada inhalación fuera un suspiro que había postergado durante años. Había dejado caer un brazo sobre mi torso, apenas, como si temiera que un movimiento brusco la hiciera perder el refugio que había encontrado, y al mismo tiempo, como si su cuerpo no pudiera evitar buscar el calor que yo le ofrecía.
No debería estar así.
No debería desear estar así.
Pero ahí estaba, con su cuerpo frágil y cálido encajado contra el mío, como si perteneciera a ese espacio.
Mi primer pensamiento fue protegerla.
El segundo… no quise nombrarlo.
Sus mejillas aún estaban húmedas por el llanto que había tenido antes de quedarse dormida otra vez entre mis brazos. A pesar de la oscuridad todavía presente en la habitación, podía distinguir la curva suave de sus labios, la tensión leve en su ceño, como si tuviera miedo incluso mientras descansaba.
Mi hijo le hizo eso.
Mi propio hijo.
La culpa me quemó de nuevo, como cada vez que pensaba en Adrián. No por haber muerto. No por lo que había hecho antes de morir. Sino por no haber visto lo que tenía frente a mis ojos. Por haber ignorado los rumores que llegaron a mis oídos. Por haber querido creer que era un buen hombre, un hombre decente, cuando en realidad…
No. No quería seguir ese camino. No mientras ella dormía así, tan cerca, tan vulnerable, tan perdida.
Me quedé quieto, sintiendo el peso suave de su respiración contra mi piel. No quería moverme. No quería soltarla. Había una parte de mí, una parte profunda, peligrosa, que deseaba seguir así un rato más. Que deseaba ofrecerle un lugar donde descansar sin miedo. Donde no existiera el dolor que le habían causado.
Pero esa misma parte me asustaba.
Porque no era paternal.
No era protectora en la forma correcta.
No era inocente.
Era algo más oscuro.
Más intenso.
Más cercano a un deseo que no tenía derecho a sentir.
Ella no era para mí.
Ella era la esposa de mi hijo.
La viuda de mi hijo.
Pensarlo así fue como recibir un golpe. Respiré hondo y traté de alejar esos pensamientos, pero no se iban. No desaparecían. Solo se acomodaban en un rincón silencioso de mi mente, listos para recordarme el límite que jamás debería cruzar.
Y sin darme cuenta el deseo llego hasta una parte de mi, que no debería. Sentí como me podía duro, y ella rozo con su cuerpo mi erección. Con miedo a que ella le sintiera trate de levantarme.
Pero.
Su cabello estaba desordenado sobre mi brazo. Tenía mechones suaves que me rozaban el pecho, lo suficiente como para hacerme cerrar los ojos un momento. Olía a lavanda, algo sutil y limpio, completamente opuesto al caos que había vivido.
Con mucho cuidado, deslicé mi brazo por detrás de ella para acomodarla sin despertarla. Sus dedos, inconscientes, se aferraron a la tela de mi pantalón, como si temiera que me alejara. Me detuve. Solo por un segundo.
Ese pequeño gesto…
Dios.
Me atravesó de una manera que no esperaba.
Pero no podía quedarme más tiempo. No así. No sintiendo lo que estaba sintiendo. No sosteniéndola como si fuera mía.
Me moví lentamente, con la precisión de un hombre que sabe cómo no despertar a los fantasmas de alguien. La acomodé en la cama, subí las mantas sobre su cuerpo y la observé por unos segundos más.
Tenía la respiración tranquila.
La piel relajada.
El sueño profundo.
Eso era lo que importaba.
Eso era lo que debía importarme.
Salí de la habitación en silencio, cerrando la puerta apenas, sin llegar a encajarla del todo por si volvía a necesitarme.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por la luz tenue que venía desde la planta baja. Bajé despacio las escaleras, sintiendo cómo el aire fresco me golpeaba el torso desnudo. Había olvidado que no tenía camisa. Había salido corriendo cuando escuché sus gritos.
No me arrepentía.
Ni un segundo.
El despacho estaba oscuro cuando entré. Cerré la puerta y prendí la lámpara de escritorio. La luz cayó sobre los papeles, los cuadernos, los libros abiertos, los restos de un whisky que no había terminado la noche anterior.
Intenté sentarme.
Intenté hacer lo que siempre hacía: sumergirme en números, en llamadas, en favores y silencios que mantenían el funcionamiento discreto de lo que manejaba.
Una mafia discreta, sí.
Pacífica de cara al mundo.
Letal en silencio.
Así había sido siempre.
Así seguiría siendo.
Ese era mi mundo. El mundo en el que Adrián creció.
El mundo que terminé creyendo que mi hijo no había heredado del todo.
Iluso.
Ciego.
Padre.
Apreté los puños.
Las cosas turbias en las que Adrián se había metido no eran sorpresa para nadie más que para mí. Yo había vivido tantos años creyendo que podía mantener lo que éramos lejos de él. Que podía darle una vida normal. Que podía hacer que no repitiera mis errores.
Y lo único que logró mi negación… fue que la tormenta creciera sin que yo la viera venir.
Pensé en Elena.
En su grito.
En cómo tembló cuando la abracé.
En cómo se calmó después, como si mi cuerpo fuera un escudo que había necesitado por demasiado tiempo.
Mi mandíbula se tensó.
Adrián había sido un monstruo.
Mi hijo. Mi sangre.
Un monstruo.
Y Elena…
Ella era todo lo contrario.
Era una herida abierta que intentaba cicatrizar.
Una mujer pequeña y delicada que había tenido que sobrevivir a un infierno en silencio.
Una ave atrapada en una jaula que alguien había golpeado demasiado fuerte.
Y yo… yo sentía algo por ella.
Algo que no quería mirar de frente porque sabía exactamente qué era.
El instinto de protegerla.
El deseo de cuidarla.
La necesidad visceral de mantenerla lejos de cualquier sombra.
Y algo más profundo.
Algo más prohibido.
No, eso no.
Eso no podía permitírmelo.
Apreté el puente de mi nariz, intentando volver a la cordura. Necesitaba enfocarme. Necesitaba trabajar. Necesitaba alejarla de mi mente antes de cometer una estupidez.
Pero en lugar de eso…
La sentí.
No sé cómo explicarlo.
No era un sonido.
No era un presentimiento.
Era… ella.
Una presencia suave, temblorosa, como si su alma se hubiera movido un centímetro en dirección a la mía. Como si su despertar usara un hilo invisible para tirar de mí.
Me quedé inmóvil, respirando apenas.
¿Estaba despierta?
¿Había llamado?
¿Había tenido otra pesadilla?
Miré el reloj.
No tenía idea de cuánto tiempo había pasado desde que la dejé en su cama. Quizás veinte minutos. Quizás una hora. Quizás más. Había perdido la noción del tiempo entre la culpa y la rabia.
Me levanté antes de que mi mente terminara de decidirlo.
No corrí.
No quería parecer desesperado.
Pero mis pasos fueron rápidos. El eco de la madera en las escaleras se mezcló con el pulso acelerado que me latía en las sienes.
Cuando llegué al pasillo, la puerta estaba apenas abierta.
Y ahí estaba ella.
Sentada en la cama.
Respirando agitada.
Con las piernas encogidas y los brazos rodeándolas, como si se protegiera de algo invisible.
Mis dedos se tensaron alrededor del marco de la puerta.
Ella levantó la vista.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Y supe, con una certeza que me golpeó como un balazo, que ella me buscaba.
Que su primer pensamiento al despertar no había sido el miedo.
Sino yo.
—Leonardo… —susurró, con la voz quebrada.
Algo dentro de mí cedió.
Y lo ignoré otra vez.
Como si hacerlo pudiera evitar lo inevitable.
Entré a la habitación despacio, sin romper su espacio, sin invadirla… aunque ambas cosas ya eran mentiras, porque yo ya estaba ahí. En su espacio. En su mente. En su miedo. En su alivio.
Y en algo más.
—Estoy acá —le dije, con una voz más suave de lo que jamás mostré ante nadie—. No pasa nada. Estoy acá.
Ella respiró, temblorosa.
Lo suficiente como para que mis propias sombras se volvieran insignificantes.
Había cruzado un límite.
Uno que no sabría desandar.
Pero no me importó.
No esa noche.
No mientras ella me necesitara.
No mientras su alma siguiera tirando de la mía.