El fin de semana se va esfumando como vapor en el salón del fuego, pero su efecto permanece en mi piel… y en mi sonrisa. Me siento plena, ligera, como si el mundo tuviera un nuevo filtro. No solo confirmo lo que ya sospechaba —que Gabriel gusta de mí, y mucho—, sino que también pude relajarme de verdad, reír con mis dos mejores amigas y verlas a ambas brillar, esta vez como pareja. Sí. Bárbara y Danna, juntas. No lo habría creído hace unos meses, pero ahora no puedo imaginarlo de otra forma. El domingo en la mañana, Gabriel me llama. Contesto aún con voz adormilada, y él suena igual de descansado y seductor que cuando se dejaba caer sobre el banco del sauna, con esa bata que apenas cubría lo necesario. La conversación fluye. Empezamos con bromas, recuerdos. Reímos. Luego vienen las c

