El cielo está gris, como si también guardara luto. El cementerio huele a tierra húmeda y a flores recién cortadas. El viento mueve apenas las coronas apoyadas junto al ataúd, haciendo crujir los lazos blancos donde alguien escribió «Con amor eterno» y «Nunca te olvidaremos». Las letras parecen demasiado grandes para un adiós tan silencioso. Somos pocos. Demasiado pocos. Dos mujeres permanecen junto al féretro con una dignidad quebrada: una hermana y una prima. Lo sé porque la mujer mayor —la hermana de Madame Esther— lo menciona en voz baja mientras agradece a quienes se acercan a darle el pésame. Su voz suena cansada, como si hubiera llorado durante días enteros hasta quedarse sin lágrimas. Dice muy poco, algunos detalles de la vida de su hermana, de la vida que le tocaba lidiar c

