Intento desabotonarme el pantalón, y justo cuando mis dedos logran aflojar el botón, Gabriel me toma las manos con suavidad, con firmeza. —Es mejor detenernos, Miriam —dice en un tono bajo, casi como un suspiro—. Aquí no es buena idea. El calor que me recorre el cuerpo se mezcla con una punzada de decepción. Bajo la mirada y, sin protestar, vuelvo a abotonarme el pantalón. —Perdón… —murmuro, aunque lo que siento no es vergüenza, sino ese deseo que me desborda—. Es que… Dios mío, te tengo muchas ganas. Se lo digo esperando algo más. Que me invite a salir, que busque un lugar, un rincón donde terminar lo que empezamos. Lo que cualquier hombre haría frente a una mujer que lo desea. Pero Gabriel solo me mira, con esa calma suya que a veces desespera, y responde: —Es hora de volver al

