El cañón no se aparta de mi sien ni un segundo mientras me empujan por el salón principal del club. Camino torpe entre las mesas, con las piernas rígidas, y cada paso me hunde más en la realidad. Reconozco el trayecto incluso antes de verlo completo: vamos hacia el corredor estrecho que conduce a las habitaciones de las chicas. El aire aquí es distinto, más denso, cargado de un olor metálico que me revuelve el estómago. Entonces los veo. Cuerpos tendidos en medio del pasillo. Uniformes negros. Sangre extendiéndose como sombras oscuras sobre la alfombra. Agentes de seguridad. Los conozco. Sé sus nombres. Sé cómo saludaban al entrar, cómo bromeaban en la puerta. Se me quiebra la respiración y un sollozo se me escapa sin permiso. Quiero cerrar los ojos, pero no puedo. No me dejan. No quie

