Un día de los inocentes no tan inocentes p2.
Me despedí de mi hermosa novia falsa con dos grandes misiones, conseguir una prueba de ADN y no matar a mi papá en el intento.
Ambos fuimos claros en lo que diríamos si se les ocurría preguntar por qué ella no me acompañaba y haciéndole caso a sus pequeñas corazonadas le seguí la corriente.
Llegué a medio día a la casa de Coney Island y fue mi pequeño sobrino el que me recibe con los brazos abiertos.
—¡Tío! ¿Y Hanny?
Te lo dijo…
—Pensé que era tu tío favorito.
—Eres mi único tío—revoleó los ojos—, es lógico que quiera a Hanny, que será mi hermosa tía.
Escuchar la seguridad en las palabras de Dani me partía el alma. Puede que no sea mi sobrino, pero eso no obsta el amor que le tengo y todo lo que haría por él.
Y por Joshua…
Y por Joshua.
—Pues hoy tuvo que ayudar a su familia con los preparativos del concierto de navidad.
—Pero si navidad ya pasó.
—Mejor entremos, que hace frío y te cuento dónde está tu querida Hanny.
Entramos a la casa y mi madre nos llamó desde la cocina.
—No me digas que está intentado hacer galletas.
—No te lo digo, entonces.
Ambos soltamos una risita y nos preparamos para el desastre. Sí, mi madre podría ser muchas cosas, pero en la cocina era un caos total.
—Mi niño ¿Y Hanny?
—Lo mismo le pregunté.
Ves, Hanny tenía razón…
—Mi hermosa novia está en el orfanato que patrocina su familia.
—¿Y tú? ¿qué haces aquí?—preguntó mi madre.
Y otra vez, Hanny tuvo la razón…
—¿Pues no puedo venir a verte?
—No me respondas con una pregunta, Benedict. Eso es grosero.
—Perdón, mamá —la abracé por detrás y le dí un sonoro beso en la cabeza—, pero no somos siameses y esta vez quería venir a verlos, aún me preocupa todo eso de tener que hacer las cosas bien.
—Te entiendo cariño, cuando uno se enamora a veces hace cosas que jamás pensaría hacer.
Como nuestro padre…
—No me siento lo suficientemente bueno para ella mamá.
—Y ella ¿Qué piensa?
—No lo sé, es tan dulce, extrañamente afable y la mujer más hermosa que mis ojos han visto, pero son tantas cosas las que pasan por mi cabeza en este momento que me siento confundido.
—Entonces, toma un poco de masa y ayúdame, puede que así no se quemen.
Me arremangué las mangas de mi camisa y tomé uno de los tantos delantales que hay en la cocina y traté de ayudar en el desastre, Dani me acompañó en esta batalla y mamá se sentó en el taburete a vernos trabajar.
Se sentía cómodo, tranquilo y feliz, como en aquellos días en que nada oscurecía nuestras vidas, dónde éramos mamá, Daniel y yo…
—A veces hacer estas cosas me relajan, aunque no queden buenas ni perfectas me ayudan.
Dice sincerándose, sus ojos expresaban nostalgia, como la mía y el pequeño Daniel lo notó y comenzó a lanzar pequeños pedacitos de masa para jugar con ambos.
Reímos como hace mucho tiempo y disfrutamos de nuestra compañía, una que cambió con la llegada de mi padre.
—¿Pero qué demonios?
—Ay, amor. Estamos disfrutando de lo hermoso que es hacer galletas en familia, cambia esa cara de pesadilla y ven a ayudarno, ya saldrá la primera hornada y creo que por primera vez no se echaran a perder.
Mi padre no reaccionó y solo nos miró molesto, como si ser parte de esta familia fuera algo malo, se dio la media vuelta y salió refunfuñando de la cocina.
—Es una pena que siga así, son tantos los problemas en la empresa que lo tienen de esa forma.
—¿Problemas?
—Tu ya sabes, eso de las licitaciones lo tienen así o algo así me dijo Jacky.
Mi madre no se preocupaba de la empresa, ella siempre fue la reina de la casa, a la que nadie podía molestar y puede que ahora lo entienda. Ella vivía en su mundo de unicornios y arcoíris y así seguiría si por mi fuera.
—Será mejor que te lleve a cambiar de ropa y sacar toda esa masa y harina que tienes, muchachito.
Ben, atina…
—Yo lo llevo, déjamelo a mí, así aprendo a ser un buen papá, ya sabes.
—Pues, adelante. Yo preparé algo de beber y sacaré las galletas, los espero en la sala.
Salimos de la cocina y me llevé en andas a Dani, era la oportunidad perfecta para lo que quería, seguir investigando.
Entramos en su habitación y los recuerdos de mi niñez volvieron nuevamente, esta era la habitación de juegos, donde pasábamos las tardes después de la escuela con Daniel.
Cuando Dani nació y Jacky se quedó en esta casa, mi madre la mandó a acondicionar para ese pequeño bebé. Había cambiado mucho, por supuesto, pero creo que de esa forma ella intentó pasar su duelo y mi padre la dejó.
—¿Me tengo que bañar?
—Por supuesto, pequeño. Esto—le remuevo su cabello castaño lleno de pedacitos de masa— no saldrá con un simple cambio de ropa.
Refunfuñó por la situación y caminó hasta el baño, ahora era mi oportunidad.
Abrí la llave del grifo y el agua empezó a llenar la pequeña tina que había en el baño, mientras Dani se desvestía, probé el agua para saber su temperatura y una vez que estuvo lista lo conminé a meterse.
Mientras Dani jugaba con sus autitos de goma me paseé por el pequeño baño buscando algo y justo di con lo que necesitaba.
—¿Hace cuánto que no te lavas bien los dientes, pequeño diablillo?
—Todos los días, tío. Tres veces al día y a veces cuatro, un diente está medio suelto y quiero que el ratón aparezca y me deje dinero.
—¿Y cómo sabes eso?
—Mis compañeros del jardín de niños, a Mark ya se le cayeron dos y el ratoncito le dejo diez dólares por cada uno.
—Wow, eso es bueno.
—Ajá, por eso lo cuido el doble.
—Pues este cepillo ya está muy usado, creo que debes cambiarlo si quieres que el ratón ese te deje los diez dólares.
—Bótalo entonces, ahí abajo debe haber alguno nuevo.
—Está bien, su majestad.
Hice lo que me pidió, pero en vez botar el cepillo usado lo guardé en una bolsa de evidencias que habíamos sacado de mi oficina.
Aprendiste bien, querido…
Lo sé.
Lo guardé con cuidado en mi bolsillo y volví a ver como ese pequeño terminaba de sacarse todo ese menjunje de su cabecita.
Una vez que estaba listo y bien peinado salimos de la habitación y fuimos a la sala, como nos había pedido mi madre.
—Quedaste hermoso, mi tesoro.
—Mi tío ayudó, abuelita creo que le doy un diez de diez.
No vayas a decir que me arrepiento de lo que estamos haciendo, porque no es así, debemos llegar a la verdad y proteger a estos pequeños de lo que sea que esté pasando…
Te quieres parecer a Hanny ¿no?
Más bien quiero la verdad, al igual que tú...
—¿Té, querido?
—Prefiero el café ¿De dónde ese gusto por el agua con hierbas? Nunca lo pude entender.
—A Benedict siempre le ha gustado más que al café. Creo que era una costumbre de sus padres.
—Te acuerdas de mis abuelos.
—Bueno, yo…
—El pasado se debe quedar donde está, como lo es, en el pasado.
—Era solo una pregunta, papá. Me gustaría saber de mi familia, al conocer a los abuelos de Hanny me surgió la inquietud.
—Mis padres fueron unas grandes personas y murieron. Punto.
—Lo siento si te incomodó.
—Por favor, chicos. Disfrutemos del día, es bueno tener a mi precioso hijo en casa. No discutan por favor.
Y como si nada hubiera pasado, mi padre desvió el tema a otra cosa.
—A propósito y tu novia.
—Está en una actividad en un orfanato, cariño.
—¿Orfanato?
—Sí, mañana habrá un concierto para celebrar con los niños y pues ella y sus primos y amigos están preparando el lugar.
—¿Y tú? ¿Por qué o estás con ella? Supe que llegó al país el hijo de Adam Scott.
—¿Estás investigando a Hanny?
—Por supuesto, ¿crees que te dejaría estar con cualquiera?
—Eso jamás, no podría estar fuera de tus maravillosos planes ¿Verdad, papá?
—Solo protejo a mi familia.
—Si, claro.
—Ahora se pondrán a pelear por Hanny, por Dios ¿algún día podrán hablar sin atacarse?
—Él empezó.
Dijimos al mismo tiempo y nos retamos con la mirada, pero mi adorada madre nos sacó de nuestra discusión.
—Hijo mío, quería hablar contigo de algo—se sentó a mi lado y tomó mis manos depositando una pequeña cajita abierta—. Este fue el anillo que me entregó Ben el día que me pidió matrimonio.
—Mamá…
—Déjame terminar—asentí y le indiqué que siguiera—. Quiero que ahora tú lo tengas, mi Dani no lo quiso, nunca entenderé por qué cuando se lo intenté dar, pero lo acepté. Ahora, espero que no vayas a hacer lo mismo que él.
Sus ojos estaban aguantando las lágrimas que intentaban escapar, no podía ser tan cruel con esta mujer que me había dado la vida, así que lo acepté, cerrando la caja y guardándola en mi bolsillo.
El resto de la tarde intentamos seguir en una dinámica “normal” para esta familia que ahora me parecía extraña.
A las seis me despedí de mi madre y del pequeño Daniel y subí a mi auto.
—¿Dónde estás?—preguntamos los dos al momento en que contestó la llamada y ambos reímos.
—En el auto, recién salí de casa.
—Ven al orfanato, te tengo noticias.
—Yo tengo lo que necesitamos.
—Pues pon la baliza y pásate miles de rojos, te espero mi señor pesadilla.
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