9El avión que alejaba a Josafat de Metrópolis surcaba el aire dorado del atardecer corriendo hacia el sol poniente a velocidad de vértigo, como unido por cuerdas de metal al disco de oro que se hundía en el horizonte. Josafat iba sentado tras el piloto. Desde el momento en que se elevaron sobre el aeropuerto y el mosaico de piedra de la gran Metrópolis se desvaneció en las profundidades insondables, no había dado la menor muestra de estar vivo y de tener la facultad de respirar y moverse. Hubiérase dicho una estatua de piedra gris, fría, triste. En una ocasión en que el piloto se volvió a mirarle, se encontró con los ojos abiertos de aquel ser petrificado, sin hallar en ellos una respuesta o al menos una señal de conciencia. Sin embargo, Josafat había captado aquel movimiento del piloto.

