Tras recibir la noticia de la muerte de su amigo, Iker Lanús sintió un dolor desollador en el pecho, pero no dejó salir una lagrima. Se lo había prometido a su amigo, le había dicho que el día de la muerte de cada uno, ninguno de los tres lloraría. Ese día, solo remembrarían esos momentos que vivieron cuando eran adolescentes, tiempos aquellos cuando la amistad entre ellos aun no era destruida. Thomas lo abrazó por detrás y musitó—. Estamos listos —Iker asintió y procedió a dejarse llevar por su nieto. Nadie lo miraba con tristeza, todos sabían que lo que más odiaba Iker Lanús era que lo vieran con tristeza. A pesar de sentir una inmensa tristeza por dentro, por fuera se veía serio, fuerte como un roble. Mostrar dolor no era parte de él. Las únicas veces que Iker Lanús lloró y se vio

