Al verla entrar a su oficina Zadquiel no pudo contener ese sentimiento de desprecio que siempre lo envolvían cuando ella estaba cerca. La odiaba con cada fibra de su ser. Odiaba su escencia, su aroma, su voz, su cara. Porque cada parte de ella representaba el dolor intrínseco. La muerte dolorosa. No podía dar otro rostro al asesino de su padre más que el de ella. Y qué ahora Jacek haya salido de la cárcel probablemente con su ayuda, no hacía otra cosa más que intensificar ese odio vivo. Aunque ella lo mirara con adoración, quizás fingida él no podía hacer otra cosa más que aborrecerla. — ¿A qué has venido? ¿A pavonearte del poder de tu amante sobre la justicia griega? No tengo tiempo para estupideces Sabella —preguntó él con sorna fingida cuando destilaba realmente veneno crudo. C

