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La noche llegó y con ella Nicholas. Cuando Kathleen le contó que había visto a Allegra y Duncan en buenos términos, sonrió ampliamente y subió a verlos.  Los encontró sentados en uno de los sofás de la pequeña salita de la habitación de Duncan. Cuando se acercó más, vio que Allegra estaba dormida sobre el pecho de su hermano mientras este miraba al frente, en silencio y con una sonrisa de satisfacción. —¿Y bien? Me matarás o me amarás. —Sigo indeciso –susurró Duncan. No quería despertar a su dama.  Ante sus últimas palabras, Nicholas soltó una risita y se sentó en el reposabrazos de un sillón al lado. —Sabía que todo terminaría así. Sólo necesitabas un empujoncito. —Recibí algo más que un empujoncito. —Bueno, seguro pusiste resistencia. Siempre has sido un bestia. —Ya. Nicholas vi

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