Mis piernas y mi cuerpo entero temblaron, y no era precisamente de frío, era del pavor que me causó saber que en realidad alguien quería matarme. Cuando Adriano subió me abrazó y me besó de forma desenfrenada —¡Todo estará bien! —, besó mi frente y volvió abrazarme. Bajamos del auto y lo primero que me pidió fue que subiera a cambiarme —Adri, ¡mis amigas! —Ellas estarán bien, los guardaespaldas que las seguían vienen con ellas… sube a cambiarte. —Tú también estás mojado. Se miró de abajo hasta arriba abriendo los brazos y suspiró —Después de hablar con mi abuelo me iré a cambiar. Ahí recordé que Adriano ya no vivía en casa. Di media vuelta y me encaminé a las gradas, cuando iba a subir el primer escalón su gruesa voz me detuvo —Ana—, odiaba ese nombre, sin embargo, en esa ocasión no t

