Escuchar a Amaía decir aquellas palabras, esa aceptación forzada disfrazada de generosidad, es mucho peor que ver la mueca de burla dibujada en su rostro. Amaía está disfrutando cada segundo de su incomodidad. Chiara se levanta de su silla, un movimiento brusco, inconsciente del efecto que causa en James. Sus ojos se encienden al verla de cuerpo completo, admirando la mujer que se ha convertido.
—¡Oh, no! ¡De ninguna manera! —exclama Chiara, intentando proyectar una calma que no siente. Su voz es tensa, pero firme. No quiere darle el placer de verla ceder.
—No es por ti, primita. Es por mí —replica Amaía, dejando claro que sus únicas intenciones son restregarle la situación actual en la cara. Amaía quiere su público, su testigo de honor en la ceremonia de su victoria.
Chiara siente un nudo de hielo en el estómago. No sabe qué sentir ni cómo reaccionar. Todo su pensamiento gira en torno a una sola pregunta que la quema por dentro: ¿qué haría Amaía si descubriera que todo es una mentira? ¿Se sentiría satisfecha, aliviada al saber que Chiara aún no ha superado a James, que su vida amorosa es tan hueca como la promesa de ese loft vacío?
Amaía sonríe con suficiencia, segura de haber atrapado a su prima en una red de falsedades. Cada movimiento, cada gesto de Chiara, desde el modo en que se agarra al escritorio hasta la pequeña punzada de pánico en sus ojos, es un regalo que alimenta su percepción de triunfo.
Mientras tanto, James compara silenciosamente a las dos mujeres. Amaía, su futura esposa, es bonita, elegante, y socialmente aceptable; por eso la eligió, al menos al principio, para pasar un rato. Ahora, sin embargo, se siente obligado por compromisos financieros y sociales a aceptar el compromiso y la inminente boda.
En cambio, Chiara… ella es diferente. Su belleza parece irradiar desde todos los ángulos: sus ojos miel brillan con una intensidad feroz, su cabello enmarca su rostro de manera perfecta, y cada curva de su cuerpo parece diseñada por el destino para llamar la atención. James no puede evitar perderse en pensamientos que mezclan admiración y deseo crudo, recordando cada vez que la tuvo cerca y que, de alguna manera estúpida, dejó escapar. Siente un pinchazo de arrepentimiento genuino.
—¡Anda, cariño! —chilla Amaía, acercándose a James y colgándose de su brazo con una familiaridad irritante, rompiendo el trance de su prometido—. Ayúdame a convencer a Chiara de que asista a nuestra boda.
—¿Eh? —dice él, volviendo a la realidad. Se recompone con rapidez—. Sí, Chiara, debes venir. No puedes fallarnos —afirma, con una sonrisa que denota que espera su capitulación.
Chiara desea desaparecer en una bocanada de humo. Cada palabra de James y Amaía parece enterrarla más profundamente en un agujero de vergüenza y desesperación.
—Bueno… yo no sé, es que mi novio no puede, tiene cosas muy importantes que hacer —se excusa, intentando ganar tiempo, aferrándose al control que se le escurre entre los dedos.
—¿Qué podría ser más importante que conocer a la familia de su novia, la exitosa diseñadora? —pregunta Amaía, su tono burlón es un latigazo, empujando a Chiara hacia la rendición incondicional.
Chiara está a punto de gritar la verdad, de confesar que todo es una farsa, cuando el intercomunicador suena, interrumpiendo la escena justo en el momento más crítico. Es una intervención del destino.
—Jefa, tu almuerzo está aquí —informa la secretaria desde el otro lado.
—Ok —responde Chiara, su mente corriendo a mil por hora, procesando la oportunidad—. Justo a tiempo —murmura, observando fijamente la puerta que comienza a abrirse.
Y allí está él.
El repartidor de días antes. Está parado frente a ella, con la bolsa de comida en las manos, su aura tranquila y fuerte llenando el umbral. Una chispa de inspiración, brillante y absolutamente loca, cruza por la mente de Chiara. Es un plan imprudente, desesperado, y perfectamente necesario. Sin pensarlo dos veces, decide arriesgarlo todo.
—¡Qué agradable sorpresa, cielo! —exclama Chiara, con la voz cargada de una dulzura exagerada. Se pone de pie de un salto y se abalanza sobre el repartidor—. ¡Tú siempre tan dulce y detallista!
En un movimiento fugaz, disimulado por la sorpresa del encuentro, Chiara le quita el pequeño cartel de identificación que lleva prendido en la chaqueta. Y antes de que él pueda reaccionar, antes de que pueda articular una sílaba de protesta, sus labios se encuentran en un beso intenso y urgente.
Es un beso que pide complicidad, ayuda, es un pacto silencioso sellado con el fuego de la desesperación.
Chris se deja llevar. Siente la dulzura de los labios de Chiara y, aunque la situación es surrealista, comprende al instante la urgencia detrás de sus gestos. Sus manos, por instinto, rodean la cintura de Chiara, acercando sus cuerpos de manera íntima y sorpresiva, ofreciendo la ayuda que ella no ha pedido con palabras.
James y Amaía observan la escena con un desconcierto total. El silencio es sepulcral.
“¿Qué es esto?” —piensa Amaía, confundida y furiosa. “¿Entonces era verdad que tenía novio? ¿Y de dónde lo habrá sacado? Se ve... diferente.” Su mente lucha por asimilar el shock.
James, en silencio, se muerde el labio inferior. Sus ojos recorren la imagen de Chiara en los brazos del desconocido. Una mezcla de admiración y deseo lo atraviesa, pero ahora se suma un reconocimiento frío: hay alguien que puede ser un obstáculo real. La desesperación de Chiara lo golpea.
Chiara y Chris se separan del beso cuando sus pulmones empiezan a quejarse por la falta de aire. Sus ojos, ahora brillantes, se encuentran con los suyos. Sin palabras, ella le pide ayuda; con una mirada, él le pide el nombre. Chris entiende la urgencia y asiente ligeramente, aceptando el papel que ella necesita que interprete.
—¡Guau! Primita —exclama Amaía, aún impactada por la erupción de pasión en medio de la oficina—. ¿No vas a presentarnos?
—Sí, lo siento, me dejé llevar por la emoción —dice Chiara, girándose para enfrentar a sus invasores, su mano aún posada protectoramente en el brazo del repartidor—. Él es mi novio... —Mira al joven con un gesto de súplica—. ... y ella es mi prima Amaía.
El chico reacciona con una educación inesperada, la calma del ojo de la tormenta. Estrecha la mano de Amaía con firmeza.
—Soy Chris, es un placer —dice el joven con una leve sonrisa enigmática.
—El placer es nuestro —responde Amaía, todavía asimilando la noticia. James, mientras tanto, no deja de observar a Chiara sin siquiera intentar disimularlo.
—La verdad, primita, pensé que eso del novio era una mentira. Jamás imaginé que fuera real, y mucho menos que fuera así —dice Amaía, una mezcla de resentimiento y asombro en su voz.
—¿Así como…? —pregunta Chiara, arqueando una ceja con desafío, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
—Así tan… único —contesta Amaía, luchando por esconder su disgusto. Y es cierto: Chris tiene un aura que destaca. Sus ojos celestes son penetrantes, su piel blanca contrasta con su cabello castaño, y su físico trabajado irradia una confianza y fuerza muy diferente a la pulida formalidad de James.
Chiara coloca las bandejas sobre su mesa de centro de la oficina, intentando normalizar la situación de la forma más rápida posible.
—Bueno, como ven, Chris ha venido a almorzar conmigo. Así que si nos disculpan, tenemos un almuerzo romántico que terminar.
—Sí, claro, no hay problema —dice James, tomando la mano de Amaía con una familiaridad forzada—. Nosotros nos vamos.
Mientras cruzan la puerta, Amaía no puede evitar gritar tras ella, la derrota es un veneno que escupe:
—¡Entonces los esperamos en nuestra boda, prima! ¡No olvides llevar a Chris!
La puerta se cierra con un clic final. El silencio regresa, denso e incómodo.
Chris ladea la cabeza, la confusión en sus ojos celestes es honesta. Está dispuesto a preguntar qué demonios acaba de suceder, mientras Chiara se deja caer en su silla, resignada pero aliviada. La tensión aún cuelga en el aire, y su mente gira en torno a una pregunta imposible de responder:
"¿Y ahora qué hago con mi novio falso?"