II
El abuelo Icham
Durante todo el día siguiente, y durante algunos más aún, Tomek estuvo muy enfadado consigo mismo por haber aceptado dinero de la visitante. No debía de tener demasiado. Se sorprendió varias veces al darse cuenta de que estaba hablando solo. Decía, por ejemplo:
—Nada de nada, no me tienes que dar nada de nada…
O:
—Por favor, si solo es un bastón de caramelo…
Pero aunque Tomek se inventara todas las respuestas del mundo, ya era demasiado tarde. La chica había pagado y se había ido, dejándolo arrepentirse en vano. Otra cosa en la que no dejaba de pensar era en aquella agua de la que ella había hablado, de ese río con nombre extraño del que no era capaz de acordarse. Además, ¿quién era aquella chica tan inusual? ¿De dónde venía? ¿Había llegado sola o tendría a alguien esperándola fuera de la tienda? ¿Y dónde había ido después? Mil preguntas sin respuesta… Intentó conseguir más información de sus clientes, preguntándoles, como sin darle importancia:
—Así que, ¿no hay novedades en el pueblo?
O:
—No hay demasiados turistas, ¿verdad?
Con la esperanza de que alguno de ellos acabara por responderle:
—No, la verdad, no hay muchos, solo aquella chica del otro día…
Pero nadie se refirió a ella ni de pasada. Daba la impresión de que Tomek era el único que la había visto. Así pasaron algunos días, pero entonces, una tarde, Tomek no aguantó más. No era capaz de hacerse a la idea de no volver a ver a aquella chica. Y eso de no poder hablar de ella con nadie también le parecía terrible. Así que lo dejó todo listo en la tienda, se echó al bolsillo una barrita de fruta confitada, y salió corriendo, dando grandes zancadas, hasta el otro extremo del pueblo, donde se encontraba el anciano Icham.
El viejo Icham era escribano, es decir, que escribía para aquellos que no sabían hacerlo. También leía, claro. Cuando llegó Tomek, precisamente, estaba descifrando una carta para una señora pequeñita, que lo escuchaba con atención. Tomek se mantuvo a cierta distancia, por educación, hasta que terminaron, y después se dirigió a su amigo.
—Buenos días, abuelo —dijo, llevándose la mano al pecho.
—Buenos días, hijo —respondió Icham, extendiendo las manos abiertas hacia él.
En realidad no eran ni el abuelo ni el hijo el uno del otro, pero como Icham vivía solo y Tomek era huérfano, siempre se habían llamado así. Se querían mucho.
En verano, Icham trabajaba en una minúscula caseta adosada a la pared. Allí se quedaba, sentado con las piernas cruzadas, en medio de sus libros. Para llegar hasta él había que subir tres escalones de madera y sentarse en el suelo, así que sus clientes normalmente se quedaban de pie en la calle cuando le dictaban las cartas o cuando Icham se las leía.
—Sube hijo.
Tomek subió de un salto los tres peldaños, y se sentó, cruzando también las piernas, al lado del anciano.
—¿Qué tal estás abuelo? —dijo Tomek, sacándose del bolsillo la barrita de fruta confitada—. ¿Tienes mucho trabajo?
—Gracias muchacho —respondió Icham, aceptando la golosina—. Nunca tengo trabajo, ya te lo he dicho. Y tampoco descanso nunca. Todo esto, es solo la vida que pasa.
A Tomek le divertían mucho esas frases un poco misteriosas. Habría sido posible confundir a Icham con un gran filósofo si no fuera tan goloso. Le encantaban los dulces, y se ponía a lloriquear como un niño de tres años si Tomek se olvidaba de llevarle un caramelo blando, una gominola o una tira de regaliz. Lo que más le gustaba eran los bizcochitos de especias en forma de corazón, pero todo le parecía bien siempre que no resultara demasiado duro, ya que no tenía los dientes como antes.
Como Tomek no quería estar fuera de su tienda demasiado tiempo, y como le picaba tanto la curiosidad, enseguida fue al grano:
—Abuelo Icham, ¿has oído hablar del río Tchar… o Djar…?
El anciano, que ya estaba mordisqueando su barrita de fruta confitada, pensó en ello durante un momento, y después respondió, lentamente:
—Sé de un río llamado… Qjar.
—¡Eso es! —exclamó Tomek—. ¡Qjar! ¡El río Qjar!
Y al repetirlo, le pareció oír la voz de la chica diciendo «…el agua del río Qjar».
—… cuyas aguas corren al revés —continuó Icham.
—Cuyas aguas… ¿qué? —masculló Tomek, que nunca había oído hablar de nada semejante.
—Corren al revés —explicó Icham—. El río Qjar corre al revés.
—¿Al revés? ¿Qué quieres decir? —preguntó Tomek, con los ojos como platos.
—Quiero decir que el agua de ese río sube en lugar de bajar, mi pequeño Tomek. ¿A que te deja de piedra?
Icham se echó a reír al ver la cara que ponía su joven amigo, y después se apiadó de él y empezó a explicarle:
—Ese río nace del océano, ¿comprendes? En lugar de desembocar en él, lo toma como fuente, un poco como si aspirara el agua del mar. Al principio es tan ancho como un río grande. Se dice que en ese lugar brotan árboles muy curiosos de su rivera, árboles que se estiran por las mañanas y suspiran por las tardes. También se dice que los animales que pueden encontrarse allí no existen en ningún otro lugar.
—¿Animales de qué tipo? —preguntó Tomek—. ¿Peligrosos?
Pero el viejo Icham sacudió la cabeza. No lo sabía.
—De todas formas —siguió diciendo—, lo más extraño sigue siendo esa corriente de agua que va en sentido contrario…
—Entonces —le interrumpió Tomek, que estaba lleno de curiosidad—, si ese río aspira el agua del mar, el nivel del mar debería descender…
—Debería descender, pero no lo hace, porque al mismo tiempo hay decenas de otros ríos que desembocan en el mar, que es lo habitual.
—Es verdad —reconoció Tomek—, es verdad.
—Además —prosiguió Icham—, el río Qjar corre tierra adentro durante centenares de kilómetros, según se dice, y se va haciendo cada vez más estrecho. Pierde agua, en lugar de ganarla, como sucede con todos los demás ríos del mundo.
—¿Pero dónde va toda esa agua? —preguntó Tomek—. ¡A algún lado tiene que ir!
Una vez más, el viejo Icham tuvo que confesar que lo ignoraba:
—No se sabe dónde va el agua. No hay afluentes. Es un gran misterio. ¿Me has traído un trozo de turrón?
A Tomek le hizo falta un rato para reaccionar. Su mente estaba muy alejada del turrón en ese momento. Se buscó en los bolsillos, inútilmente.
—No, abuelo, pero te traeré un poco más tarde, si quieres. Te lo prometo. Háblame un poco más de ese río, por favor.
El anciano, bastante decepcionado, murmuró unas palabras incomprensibles, y por fin se decidió a seguir hablando.
—Sea como sea, el río al final llega al pie de una montaña, que lleva por nombre Montaña Sagrada.
—¿Montaña Sagrada? —repitió Tomek, impresionado por el nombre.
—Sí. Quienes se han acercado a ella dicen que nunca han visto nada más impresionante en los días de su vida. Sus cumbres se pierden entre las nubes. Sin embargo, eso no parece desanimar al río, que simplemente la escala. Y cuanto más sube, más pequeño se va haciendo. Se convierte en un torrente, y después en un arroyo. Sin dejar de ir hacia atrás, por supuesto, no lo olvides nunca. Cuando llega arriba del todo, ya no es más que un hilo de agua igual de grueso que mi dedo pulgar. Y una vez allí, el agua se detiene, formando una pequeña poza en el hueco de una roca, del tamaño de una jofaina. Y esa agua es de una pureza increíble. Y es mágica, Tomek…
—¿Mágica? —repitió el chico.
—Sí. Evita la muerte.
Una vez más, Tomek oyó claramente la voz de la chica: «Evita la muerte, ¿no lo sabías?». Icham había utilizado exactamente las mismas palabras.
—Lo malo —continuó el abuelo Icham—, es que nadie ha conseguido aquella agua, hijo. Nadie…
—Sin embargo —exclamó Tomek—, ¡solo habría que seguir el río hasta su nacimiento, es decir, hasta allá arriba, llenar una cantimplora y volver a bajar!
—Sí, solo habría que hacer eso… pero se da la circunstancia de que nadie ha conseguido llegar hasta allá arriba. Y si alguien ha conseguido subir, entonces no ha conseguido bajar. Y si alguien ha conseguido bajar, entonces perdió el agua por el camino… y, además, hay algo que hace que toda esta empresa sea aún más difícil.
—¿Y de qué se trata, abuelo?
—Pues de que ese río no existe, sin lugar a dudas, y esa montaña tampoco.
Hubo un largo silencio, que acabó rompiendo el viejo Icham:
—Por cierto, muchacho, ¿quién te ha hablado de ese río?
Tomek se acordó, de repente, de que el verdadero motivo de visitar a su amigo había sido hablarle de la visita de la chica. Por fin iba a poder confesar su secreto, y quizás incluso averiguar algo más sobre ella.
Tomó una gran bocanada de aire y se puso a explicar, detalladamente, todo lo que le había pasado aquella tarde en la tienda. No se olvidó de nada: ni de las estampas de canguros, ni de la arena en su frasquito naranja, ni del gato que había querido entrar. Solo omitió lo de haber posado la mano sobre el brazo de ella. Eso no hacía falta gritarlo a los cuatro vientos.
El viejo Icham le dejó hablar hasta que terminó y después lo miró con una sonrisa que Tomek no le había visto nunca, una sonrisa que expresaba al mismo tiempo diversión y ternura.
—Dime, hijo mío, por casualidad no estarás enamorado, ¿verdad?
Tomek se puso más colorado que un tomate. Estaba enfadado consigo mismo, y con Icham, que tanto se burlaba de él. Ya podía quedarse esperando el trozo de turrón. Estaba a punto de irse cuando el anciano lo sujetó por la manga y lo obligó a volver a sentarse.
—Espera un poco, hombre…
Tomek no se resistió. Nunca podía estar enfadado con Icham demasiado tiempo.
—¿Y dices que llevaba una cantimplora?
—Sí, tenía una. Dijo que cuando encontrara el agua la pondría allí.
Esta vez, Icham no sonreía en absoluto.
—Mira, Tomek, yo no sé si ese río existe o no, pero sé que la gente lo busca desde hace miles de años y que nadie, absolutamente nadie, ha conseguido traer de vuelta siquiera una gota de esa dichosa agua. Expediciones enteras de hombres en la flor de la vida, equipados de la cabeza a los pies y convencidos de que lo conseguirían, han perecido antes de avistar siquiera la Montaña Sagrada. Así que por mucho que tu pequeña bohemia dé golpecitos en su cantimplora y diga que va a llenarla, eso es tan imposible como hacer brotar trigo en el dorso de mi mano.
—Pero entonces —masculló Tomek, un momento más tarde—, ¿qué va a ser de ella?
Icham le sonrió:
—Creo que deberías olvidarte de todo eso, muchacho. Pensar en otra cosa. Hay bastantes chicas guapas en el pueblo, ¿no? Anda, vete ya. Seguro que hay gente esperándote…
—Abuelo, tienes razón —dijo Tomek, agachando tristemente la cabeza.
Después se levantó, agarró las manos del viejo Icham para despedirse, y regresó a su almacén caminando despacio.