CAPÍTULO 8 La señora de la casa

2409 Words
Nadine recorrió el pasillo de la planta alta, deteniéndose a unos metros de la puerta de Azhar. Durante los últimos tres días apenas se habían cruzado por la casa; él pasaba casi todo el día fuera atendiendo negocios y, cuando coincidían en el comedor o cerca de las escaleras, las conversaciones no pasaban de un par de frases cortas y heladas —se evitaban—. Nadine tampoco había tenido la oportunidad de regresar a Raghba, aunque la idea de volver a cruzar la puerta trasera del club le rondaba la mente como un cosquilleo constante. Avanzó hasta la puerta de su dormitorio y tocó con los nudillos tres veces. Aguardó un momento en el pasillo, pero no obtuvo respuesta. El sonido del agua corriendo al otro lado le indicó que él estaba en la ducha. Nadine dudó un instante con la mano en el pomo de la puerta, respiró profundo y lo giró para entrar a esperarlo. La habitación de Azhar olía a madera, y a una loción masculina intensa. Nadine se quedó de pie cerca de un mueble de madera, observando el orden impecable del cuarto. Sin embargo, en cuanto escuchó que el chorro de agua se cerraba de golpe dentro del baño, comprendió de inmediato que haber entrado allí había sido una pésima idea. La puerta del baño se abrió y Azhar salió a la recámara. Llevaba únicamente una toalla blanca anudada a la cintura y otra más pequeña entre las manos, con la que se secaba el cabello goteante sobre la nuca. Al levantar la vista y encontrarla ahí parada, se detuvo a mitad de la habitación. Nadine sintió que el aire se le atascaba en la garganta. La visión de su torso desnudo, con las gotas de agua resbalando por los músculos marcados de su pecho, le trajo de golpe el recuerdo de la escena que había presenciado en Raghba tres noches atrás. Volvió a ver en su mente aquella imponente v***a erguida, las venas marcadas sobre la piel y la boca de la mujer rodeándole el glande brillante. Un calor repentino le subió a las mejillas y apartó los ojos de prisa hacia una esquina del ventanal, sintiendo la cara arder de vergüenza. Azhar no pasó por alto su reacción. Una sonrisa ligera y cargada de diversión se le dibujó en los labios mientras se terminaba de secar el cuello con la toalla pequeña. —Yo no puedo entrar en tu habitación porque, según tú, no soy realmente tu hermano —comentó Azhar, cruzando el cuarto hacia el vestidor con pasos tranquilos—. Pero tú sí puedes invadir la mía. Nadine se mordió el labio por dentro, tratando de sofocar la turbación. Apretó los puños a los costados y lo encaró, manteniendo la postura erguida para no parecer una adolescente acorralada. —Toqué. No contestaste —respondió ella, forzando un tono neutral—. Lo siento. No bajaste a desayunar y no sabía si podría hablar contigo antes de que te fueras, no te he visto en días. Y aunque no te guste, sí soy tu hermana. El comentario borró de inmediato la burla de la cara de Azhar. Su mandíbula se tensó y los ojos oscuros se volvieron pesados, irritados por la facilidad con la que ella pronunciaba esa palabra. —Ya estás aquí —dijo él, dándole la espalda al entrar al vestidor—. ¿Qué quieres? Nadine dio un par de pasos hacia el umbral del vestidor, observando su espalda descubierta. Fue entonces cuando vio claramente el halcón n***o tatuado sobre su omóplato izquierdo, con las alas desplegadas en trazos oscuros y definidos sobre la piel aún húmeda. Según todo lo que le habían enseñado desde niña, tatuarse el cuerpo era Ḥarām. Aunque, considerando la interminable lista de prohibiciones que Azhar parecía coleccionar, aquel tatuaje probablemente fuera la menor de sus preocupaciones. A ese paso, el hombre tendría reservado un lugar privilegiado en el infierno. Azhar tomó una camisa blanca impecable y se giró para ponérsela, dándole la espalda nuevamente mientras metía los brazos por las mangas. Nadine aprovechó para soltar lo que llevaba días preparando. —Quiero trabajar —dijo con firmeza. Azhar dejó de abotonarse la camisa por un segundo y se giró para mirarla, antes de sacar un pantalón oscuro de la repisa. —No necesitas dinero. —No dije que necesitara dinero. Quiero trabajar. —¿Haciendo qué? —preguntó él con desdén. —En Barakat Holdings. Azhar se le quedó mirando fijamente, deteniéndose a mitad del vestidor. Su primera reacción interna fue un no rotundo y absoluto. Ya tenía demasiado de Nadine en su vida diaria. Vivía bajo su mismo techo, ocupaba sus pensamientos más oscuros y, hacía apenas tres noches, había descubierto que Sahira, la bailarina que lo había vuelto loco en el club, también era ella. Tenerla además caminando diariamente por los pasillos de su empresa, cerca de su oficina, era lo que no necesitaba para mantener el poco control que le quedaba. Sin embargo, no podía darle ninguna de esas razones. Nadine dio un paso al frente, sosteniéndole la mirada sin achicarse. Había estudiado la carrera con excelentes calificaciones en la universidad y estaba perfectamente capacitada para desempeñar un puesto técnico dentro de la compañía. —Tengo la preparación académica y lo sabes. Baba iba a dejarme entrar a la empresa cuando terminara mis estudios. No estoy pidiéndote un cargo regalado por ser "la hermana del CEO". Pero soy capaz y quiero demostrar que sirvo para el trabajo. Azhar terminó de abrocharse los botones de la camisa blanca, sintiendo la cercanía de Nadine mientras ella se recargaba de espaldas contra la repisa de madera junto a la entrada del vestidor. El espacio entre los dos se redujo. Azhar dio dos pasos largos hacia ella aún usando la toalla y apoyó ambas manos con fuerza sobre la repisa de madera, a cada lado de la cintura de Nadine, dejándola acorralada entre el mueble y su cuerpo. Nadine se quedó helada. La proximidad de Azhar la abrumó de inmediato; podía sentir el calor que emanaba de su pecho y el aroma fresco de la loción mezclado con el jabón de baño. El corazón comenzó a golpearle con fuerza. Carraspeó levemente para aclarar su garganta, buscando disimular el temblor de su respiración ante la forma en que él la miraba desde arriba. Azhar se Inclinó un par de centímetros, acercando su rostro al cuello de Nadine, e inspiró profundo el aire cerca de su piel, comprobando que olía exactamente igual a la mujer que había tenido bailandole en Raghba. La tensión entre los dos se volvió sofocante. —Lo pensaré —dijo al fin, con la voz grave resonando muy cerca de sus labios. No era un sí definitivo, pero tampoco el rechazo inmediato que él pensaba darle. Azhar se separó de golpe, rompiendo la cercanía, fue al vestidor y luego de unos segundos volvió con el pantalón puesto y caminó hacia el espejo para acomodarse el cuello de la camisa. —Por cierto —agregó sin mirarla directamente—, los Al-Amin vendrán esta tarde. Vamos a acordar el mahr (regalo o compromiso económico matrimonial que corresponde a la esposa dentro del matrimonio islámico) antes de continuar con los preparativos del nikah. Quiero que estés presente y que te encargues de recibirlos. Nadine frunció el ceño, confundida. —¿Para qué quieres que esté ahí? Eso es un asunto entre las familias de los novios. Y tú no me ves como parte de tu familia. Azhar se puso el reloj en la muñeca y la miró con frialdad. —Aunque no me agrade, ahora representas a los Barakat en esta casa. Quiero que causes una buena impresión ante la familia de Yasmina. Hermanita. El comentario le provocó una punzada de molestia a Nadine. Por supuesto, ahora que le convenía guardar las apariencias ante su futura familia política, Azhar quería jugar al hermano mayor ejemplar y exigía que ella se sentara a su lado como la perfecta hija de Malik Barakat. Había dejado bastante claro durante años que jamás la consideraría parte de su familia, pero para las reuniones importantes esperaba que cumpliera el papel de la dama de la casa. Nadine apretó los dientes, pero decidió no discutir. Necesitaba que él aceptara su entrada a la empresa y no iba a arruinar su oportunidad por una pataleta. —Estaré lista —respondió con calma. Azhar arqueó una ceja, ligeramente sorprendido de que no hubiera peleado o soltado un comentario sarcástico. Nadine le dedicó una sonrisa educada y perfectamente fingida. —¿Algo más, Azhar? Él se le quedó mirando, odiaba verla con ese cabello largo y sedoso cayendo exquisitamente sobre sus hombros. —Nada más. Sal de mi habitación —ordenó con voz ronca. ... En la residencia Al-Amin, Nawal observaba a su hija Yasmina frente al espejo alto del vestidor. Sobre la cama descansaban dos vestidos de seda en tonos pasteles. —El abellana resalta tus ojos marrones, habibti (mi querida) sugirió Nawal con voz suave, acercándose para ayudarla a sostener la tela sobre sus hombros. Yasmina sonrió, mirando su reflejo. —¿Crees que a Azhar le guste? —Le gustará. Debes tener mayor seguridad. Te casarás con uno de los hombres más poderosos de Beirut —respondió Nawal con orgullo, acomodándole un mechón de cabello—. Y también con uno de los más atractivos. No olvides esa parte. Yasmina sintió que las mejillas se le coloreaban de rojo ante el comentario de su madre. Para Yasmina, el matrimonio era un plan que siempre estuvo en su mente, y ser la prometida del Zaim era una bendición de Allah; era un hombre educado, respetado, de buena familia y, además, un caballero intachable cada vez que la visitaba. Sin embargo, Nawal había notado desde hacía semanas que sus encuentros parecían más transacciones que el cortejo de una pareja a punto de unirse en matrimonio. —Yasmina —habló Nawal con delicadeza, mirándola a través del espejo—, ¿alguna vez Azhar ha intentado acercarse a ti de otra manera? —¿A qué te refieres, mamá? —¿Te ha besado? ¿Lo ha intentado? Yasmina la miró, sonrojada por la pregunta. —No lo ha hecho. Me trata con respeto. Nawal mantuvo la calma. —Es un hombre apuesto y tú eres una mujer hermosa, Yasmina. No tiene nada de malo que exista cierto acercamiento entre dos personas que van a casarse. Nawal hizo un silencio breve antes de cambiar de tema con sutileza. —La hija de Malik Barakat es muy hermosa, eso dijiste la última vez que fuiste a la mansión. —Nadine es muy hermosa, sí —asintió Yasmina de inmediato—. ¿Qué tiene que ver ella con todo esto? Nawal tardó un par de segundos en responder, acomodando los pliegues de la falda sobre la cama. —No son hermanos de sangre y Azhar es hombre —soltó Nawal con firmeza—. Simplemente te digo que no debes comportarte como una desconocida ante tu futuro esposo. Hoy van a discutir el mahr. Pregúntale su opinión sobre algún detalle, siéntate a su lado, permite que existan pequeños momentos de complicidad entre ustedes mientras yo mantengo ocupado a Jamal. —Todavía no soy su esposa —murmuró Yasmina. —Lo sé. Y Allah también conoce tus intenciones. Te estoy diciendo que permitas que tu prometido conozca a la mujer con la que pretende casarse. Algún día serás su esposa, habibti. No tienes que comportarte delante de Azhar como si fueras una simple visita en su casa. Hazle ver a cualquiera que pronto tú seras la señora de esa casa. ... Nadine salió de la habitación de Azhar intentando controlar el ritmo de su respiración. Apenas dio unos pasos por el pasillo, se topó de frente con Farida, quien llevaba un juego de toallas limpias entre los brazos. La mujer miró la puerta del dormitorio principal y luego fijó la vista en Nadine con el rostro serio. —¿Qué hacías dentro de la habitación de Azhar? —preguntó Farida con tono de reprimenda maternal. —Hablando con él, nana —contestó Nadine, tratando de sonar despreocupada. Farida la tomó suavemente del brazo y la guio unos metros lejos de la puerta. —No deberías entrar así a su dormitorio. Y mucho menos quedarte a solas ahí con él —expuso con preocupación. —Es mi hermano —respondió Nadine de manera automática. Sin embargo, la frase le dejó un sabor extraño en la boca. En su mente volvió a proyectarse la imagen de Azhar en Raghba. Se obligó a sacudirse esos pensamientos de la cabeza. —Sabes perfectamente de qué hablo, niña —suspiró Farida, mirándola con preocupación—. No comparten sangre, Nadine. Y Azhar es un hombre. Nadine intentó restarle importancia con una sonrisa amarga. —Un hombre que me odia, nana. Créeme, no tienes nada de qué preocuparte. La frase le escoció un poco en el pecho, como siempre que recordaba el rechazo constante con el que él la había tratado desde niña. Para distraerse, le tomó las manos a Farida y cambió de tema. —Mejor ayúdame a escoger algo para esta tarde. Los Al-Amin vienen para hablar del mahr y Azhar quiere que asuma el papel femenino de la casa. Farida la examinó con suspicacia, conociéndola demasiado bien como para creerle del todo. —¿Desde cuándo te preocupa tanto complacer a Azhar? Nadine sonrió con travesura. —Desde que necesito algo de él. —¿Qué estás tramando ahora? —preguntó la nana juntando las manos en modo de súplica —Quiero trabajar en Barakat Holdings, nana. Le pedí un puesto esta mañana, por eso fui a su habitación. Farida negó con la cabeza de inmediato. —Un día te casarás, niña. Quizá a tu futuro marido no le agrade tener una esposa empeñada en trabajar fuera y vivir como si no necesitara de nadie. Nadine la miró con serenidad, manteniendo su postura. —Ese marido todavía no existe, nana. Mi título universitario sí. Si Azhar me deja, pronto estaré trabajando. La anciana la contempló unos segundos en silencio, sabiendo que no habría forma de hacerla cambiar de opinión. —Que Allah me dé paciencia contigo —suspiró Farida, resignada. Nadine le sonrió con afecto y abrió la puerta de su armario. —Pídele que Azhar no tenga excusas para decirme que no.
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