La camioneta se detuvo tras atravesar un portón metálico. Nadine esperó en el suelo del vehículo, oculta entre la alfombra y la parte trasera de los asientos. Soltó el aire que habia retenido cuando el conductor apagó el motor, bajó rápido y azotó la puerta antes de que el sonido de sus pasos se perdiera por un pasillo interior.
Era la entrada reservada para el personal, proveedores y las mujeres que trabajaban durante la noche.
Nadine aguardó un par de minutos en silencio, hasta asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Salió del vehículo, acomodándose la pieza de seda sobre la cabeza para cubrirse el rostro, y avanzó pegada a la pared hacia la zona de acceso.
Entender el funcionamiento de Raghba no requería demasiada astucia: Raghba había sido creado para satisfacer los deseos más perversos de los hombres más poderosos de Líbano. La presencia ahí de mujeres de buenas costumbres era impensable.
Observó a un grupo de mujeres que cruzaban una puerta lateral y decidió seguirles el paso.
Dentro de Raghba utilizaban identidades falsas, lo que les permitía mantener el anonimato que necesitaban fuera de las paredes del recinto.
A Azhar le importaba una mierda quiénes eran en su vida diaria, la mayoría llegaban por recomendación de alguien de ahí dentro necesitadas de dinero, otras pocas eran reclutadas en los bajos mundos. Era un ambiente prohibido donde el sexo se vendía sin rodeos, pero esa misma clandestinidad le daba al lugar un atractivo peligroso e irresistible.
A medida que se adentraba por los pasillos interiores, Nadine pudo observar la dinámica del club con más atención que la primera vez. La curiosidad y un morbo inevitable la obligaban a mirar a través de los huecos entre las cortinas y las puertas que quedaban abiertas. A través de una de ellas, observó a una mujer de espaldas recibiendo embestidas profundas de un hombre contra la pared, con los gemidos húmedos ahogándose contra la madera. En otra sala más amplia, dos chicas se acariciaban entre sí mientras se turnaban para que un cliente se hundiera en sus coños mientras mantenía los ojos cerrados y les tiraba del cabello con fuerza. Había camas cubiertas unicamentes con doseles de tela fina en laa salas comunitarias.
Nadine jamás había observado un m*****o masculino antes de llegar a Beirut, y sin embargo, en esas dos noches había conocido demasiados.
Escuchar loa sonoros gemidos, el sonido de los cuerpos chocando con fuerza y el ambiente impregnado de lujuria provocó en Nadine una punzada tibia y rasposa en el vientre, una sensación desconocida que le aceleró el pulso y le erizó los vellos de la nuca.
En el área de vestuarios, una mujer de unos treinta años la vio detenerse a mitad del pasillo con la ropa de calle aún puesta. Lucía un cabello oscuro muy largo, pómulos marcados y una actitud relajada que solo daba la experiencia de los años.
—¿Primera noche? —preguntó la mujer al notar su gesto desorientado, mientras acomodaba un par de tacones sobre una repisa.
Nadine tragó saliva, ajustándose el velo con los dedos helados, y decidió seguirle la corriente para no levantar sospechas.
—Sí —contestó en voz baja.
—Soy Nahla —se presentó la mujer con gentileza, cruzándose de brazos y mirándola con detenimiento—. ¿Ya sabes que es lo que haras aquí?
Nadine la observó sin comprender de que hablaba. Nahla esbozó una sonrisa.
—¿Eres de las que follan o solo bailas? —preguntó antes de sonreir al ver el rostro asombrado de la joven ante su pregunta—. Puedes entrar a la lista de bailarinas, puedes ir a las mesas a hacer compañía a los clientes para que consuman botellas, o puedes aceptar follar en las habitaciones. Si quieres, puedes combinar cosas, nadie te obligará a que abras las piernas, pero si quieres mas dinero, te advierto que a nadie le gustan las puritanas.
Las mujeres que cruzaban aquellas puertas decidían qué estaban dispuestas a vender durante la noche. Algunas solo bailaban. Otras aceptaban follar con los hombres en las habitaciones privadas. Raghba ponia el precio y se encargaba de que ambos quedaran claros antes de que el dinero cambiara de manos.
Azhar no permitía confusiones. Aunque no lo hacia por ningún tema moralista.
Dentro de aquellas paredes había empresarios, políticos y herederos. Un escándalo podía costarle millones. Una denuncia podía poner demasiados ojos sobre un lugar cuya existencia dependía precisamente del silencio. Y un cliente poderoso que creyera haber pagado por algo que después no recibiría podía convertirse rápidamente en un problema.
Por eso los hombres de seguridad estaban en todas partes. Vigilaban los corredores, las habitaciones y cada trato que pudiera salirse de control.
Raghba no protegía la virtud de nadie.
Protegía el negocio.
Nadine lo dudó un momento. Sin importar lo que eligiera, su respuesta significaba que estaba dispuesta a permanecer en ese lugar.
Que Allah la salvara del infierno, porque de inmediato eligió una respuesta.
—Solo bailo.
La danza había sido su pasión desde muy pequeña. Había tomado clases durante años en Trípoli y sabía perfectamente cómo moverse. Bailar para un montón de extraños que no supieran quien era ella, no sería tarea difícil.
Nahla asintió y esbozó una sonrisa. Sabiendo que tarde o temprano terminaria follando, bailar no pagaba tanto y si estaba ahí seguro queria dinero.
—Perfecto. Te anoto solo como bailarina. Si algún tipo pide un baile privado, acepta, te darán mas dinero.
Nadine suspiró, de ninguna manera pasó por su mente hacer algo mas que un baile.
—Necesitas un nombre para la noche —agregó Nahla interrupiendo sus pensamientos muentras sacaba una libreta—. Aquí nadie usa el verdadero. ¿Cómo te vas a llamar?
Nadine lo pensó un instante, buscando una palabra que no tuviera nada que ver con su vida ni con la mansión Barakat.
—Sahira —dijo al fin.
Nahla se le acercó un poco más y le levantó la barbilla con delicadeza, examinando las facciones de su rostro y la tonalidad de su piel.
—Eres preciosa, Sahira. Pero con esa cara, cualquiera que te conozca afuera te va a reconocer al instante.
Nadine sintió una punzada de pánico en el estómago. Pensar en la posibilidad de que Azhar la descubriera metida ahí nuevamente vestida de bailarina la hizo tensarse.
Nahla la guio hacia la zona profunda de los roperos, abrió un cajón grande y sacó una peluca rubia de melena larga, ondulada y bastante linda. Se la tendió con un gesto complaciente. La peluca parecía cabello real y era el opuesta a su melena oscura.
—Póntela. Vamos a esconder todo esto.
Nadine se colocó la peluca y Nahla la ayudó a acomodarla hasta que no quedó un solo mechón castaño a la vista. Luego le indicó que tomara el Vestuario que prefiriera de los percheros. Nadine escogió una falda ligera con transparencias y aberturas lsterales en tono azul y un top ajustado que dejaba al descubierto su cintura y resaltaba sua pechos.
Nahla le entregó un velo fino que cubría desde la nariz hasta la barbilla, fijándolo detrás de sus orejas, y le retocó el maquillaje alrededor de los ojos para rasgarle la mirada.
—Masha'Allah (Lo que Allah ha querido / expresión de admiración o alegría). vas a volver locos a más de uno —comentó Nahla al verla arreglada, soltando una sonrisa franca.
Nadine se giró hacia el espejo. La peluca rubia, la luz tenue y el velo lograban que la idea de conectarla con Nadine Barakat resultara dificil.
—Te pagan la mitad de lo que genere tu ficha o las fichas de los bailes privados —explicó Nahla mientras recogía unas pulseras—. Esos hombres pagan muy bien, no te preocupes por el dinero. Tienes media hora para caminar un poco y conocer el lugar antes de que empiecen los turnos en la pista. Sal a dar una vuelta.
Nadine salió del vestidor, pero al cabo de unos minutos perdió la orientación entre los pasillos idénticos de madera oscura y alfombras rojas. Buscando la salida hacia el salón principal, caminó sin rumbo fijo hasta llegar al fondo de un corredor secundario. Al final, una puerta de madera pesada permanecía entreabierta, dejando salir una luz cálida y el murmullo de voces bajas.
Movida por una curiosidad que no pudo contener, se acercó despacio y miró por la rendija.
Sus ojos se abrieron grandes al ver al hombre ahí dentro. Azhar estaba ahí. Se encontraba sentado en la orilla de un sofá ancho, con el torso desnudo y los pantalones oscuros desabrochados. Nadine se quedó paralizada al ver sus pectorsles firmes y más aún m, al ver la imponente v***a de su hermano: era enorme, gruesa, con venas marcadas que se le dibujaban sobre la piel tensa. Entonces una de las mujeres que le acompañaba se puso de rodillas entre sus piernas, tomándole el m*****o con las dos manos para llevarsela a la boca,
deslizando la lengua sobre el glande brillante, mientras los ojos de él permanecían entrecerrados por el placer. El corazón de Nadine lario con mas fuerza al ver que otra mujer estaba a su lado, desnuda, acariciándole el pecho firme y pasándose los dedos por su propio coño húmedo mientras soltaba gemidos cortos.
Ver a Azhar en ese estado tan candente y s****l le provocó un vuelco violento en el estómago. Sintió una punzada caliente en el pecho, un nudo amargo que la dejó sin aliento. No entendía que era lo que sentia, en su mente se repetía que estaba mal, que aquel hombre era su hermano. Pero al mismo tiempo no podía apartar los ojos de su torso marcado y de la forma en que su cuerpo dominaba la escena.
De pronto, la mujer que le acariciaba el pecho a Azhar tomó un condón de la mesa de noche, estiró la mano para sujetarle la v***a y empezar a colocarle el látex. El zaim pareció percibir la sombra cerca de la entrada y giró el rostro hacia la puerta. Nadine ahogó un grito, cuando sus miradas se cruzaron un par de segundos, antes de darse la vuelta y correr por el pasillo sin mirar atrás.
No supo como, pero llegó a la zona principal tropezando con sus propios pasos hasta que se topó de frente con Nahla.
—Me... me perdí —alcanzó a decir Nadine, con la respiración un tanto acelerada y disimulando el temblor de sus manos.
Nahla la tomó del brazo con suavidad, sin notar la causa real de su alteración.
—Tranquila, la primera vez siempre da nervios, ya casi es hora.
La música del salón central comenzó a retumbar con fuerza, mostrando un ritmo oriental moderno con percusiones pesadas. Nadine subió al escenario con las piernas temblándole, auqnie no podia negar que nada tenía que ver con los hombres que aguardaban por observarla. Era aquello que habia presenciado en esa habitación, la dureza del hombre que siempre había deseado que la viera como hermana...
La luz era baja y el humo denso cubría parte del suelo. Empezó con movimientos torpes, presa de los nervios y de la imagen de Azhar que todavía le quemaba en la mente. Sin embargo, a medida que la melodía avanzaba, forzó a su cuerpo a responder. Cerró los ojos un segundo, expulsó el aire y se dejó llevar por la danza.
Comenzó a moverse con una fluidez natural.
El contraste entre la peluca rubia, sus ojos verde oliva y el velo que le ocultaba la mitad del rostro creaba una aura de misterio absoluto. Su cuerpo acompañaba las percusiones con giros suaves de cadera y arcos elegantes con las manos. Los hombres alrededor de la pista comenzaron a fijar la mirada en ella, atraídos por la combinación de elegancia y sensualidad que proyectaba sin esfuerzo.
Minutos después, Azhar salió de la habitación privada tras haber terminado. Llevaba la camisa negra semiabierta y caminó hacia el balcón reservado del segundo piso, un espacio elevado desde donde dominaba todo el club. Se acomodó en el sillón de piel y pidió una bebida fuerte, buscando despejar la cabeza.
Al bajar la vista hacia la pista principal, sus ojos se posaron en la nueva bailarina La distancia y la luz tenue impedían ver detalles con claridad, pero la forma de sua pechos y la curva fina de su cintura le generaron un impacto extraño. Había algo en el movimiento sensual de sus caderas, en la delicadeza al mover las manos, que le resultó irritantemente familiar. Cuando dio vuelta y observó la fina linea de su espalda, sin pensarlo se relamió el labio superior.
Le recordaba a Nadine.
La sola idea de que la huérfana estuviera metida en su mente hasta el punto de verla en una bailarina lo enfureció. Apreto el vaso de cristal con fuerza, convencido de que la obsesión por su hermana lo estaba volviendo loco, sin sospechar en lo más mínimo que la mujer que bailaba abajo era realmente ella. Su hermana.
Ajena a la mirada de Azhar, Nadine bajó de la pista al terminar su turno y caminó hacia una barra lateral para tomar un vaso de agua. Tenía la piel cubierta de un sudor fino y el corazón acelerado por el esfuerzo.
Azhar hizo una seña con la mano. Tariq se le acercó de inmediato.
—¿Quién es la rubia de la pista? —preguntó con voz ronca, sin quitar la vista de abajo.
Tariq revisó la libreta de registros que llevaba en la mano.
—Se registró como Sahira. Es una bailarina nueva, Zaim.
Sahira (hechicera)
Azhar se pasó los dedos por la barba, pensando un segundo mientras contemplaba la figura de la chica en la distancia. Antes de negar con la cabezan y marcharse.
Pocos minutos después, un empleado del club se acercó a Nadine mientras ella dejaba el vaso sobre la barra y acomodaba el velo sobre su nariz.
—Sahira, un cliente solicitó un baile privado contigo en la sala tres. Acompáñame.
Nadine dudó un instante, bailar sobre la tarima era una cosa, pero un baile privado era otra completamente diferente y su primer baile privado la noche anterior no habia terminado de forma agradable.
Aunque si era sincera la situación era diferente, pues cuando Azhar trató de follarla sobre el sillon, acababa de sacarla de una posible subasta, era logico que pensara que podía coger con ella.
Ahora era una bailarina.
Nahla, le sonrió al ver que la habían elegido tan rápido.
—Te lo dije. Solo pediste bailar, así que ve tranquila. Eso es lo único que tienes que hacer.
—¿El hombre puede tocarme? —preguntó Nadine en voz baja, buscando confirmar.
—Si así lo quieres—exclamó Nahla con picardía—. Tú decides.
Nadine asintió y siguió al empleado por los corredores privados.
Llegaron al final del pasillo. El hombre abrió una puerta de madera y le indicó que entrara.
La habitación estaba sumida en una oscura casi por completo, imuminando únicamente lo que ella enfocó como la pista. Nadine dio un paso al frente y la puerta se cerró a sus espaldas.
No podía distinguir el rostro del hombre que estaba adentro. Estaba sentado al fondo en un sillón grande de piel, con las piernas abiertas. Llevaba un pantalón oscuro y zapatos de vestir impecables. Una mano masculina de dedos largos descansaba sobre el brazo del sillón, sosteniendo un vaso bajo con hielo.
Nadine permaneció de pie cerca de la entrada, sintiendo cómo su mirada la recorría despacio, desde la peluca rubia hasta las aberturas de su falda.
Entonces, una voz grave y profunda resonó desde la oscuridad:
—Baila.
Nadine tragó saliva con dificultad. La música lenta empezó a sonar desde los altavoces ocultos en el techo. Y pronto su cadera comenzó a moverse con sensualidad para él.