7 EL JUICIO DE LAS BESTIAS

1736 Words
ISABELLA El aire se me escapa de los pulmones mientras corro hacia el jardín trasero, mis pies resbalan en las baldosas de la terraza, pero no me detengo, el terror es un combustible helado que me impulsa hacia la única cosa que me importa en este mundo. - ¡Matteo! —grito, con la voz desgarrada. Bajo las escaleras de piedra de dos en dos, al llegar al césped, me detengo en seco, con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado. La escena que tengo delante desafía toda lógica y todo horror. Matteo está sentado en la hierba, bajo la sombra de un olivo centenario, frente a él, las dos bestias negras, Ares y Hades, los cane corso de setenta kilos que Don Vittorio entrenó para desgarrar gargantas, están quietos. No están gruñendo, no tienen el pelo erizado. Ares, el macho alfa, está tumbado boca arriba, exponiendo su vientre vulnerable a las manos pequeñas de mi hijo. - Eres muy suave —le dice Matteo al perro, rascándole detrás de la oreja con una risita inocente—. Pero tienes la boca muy grande como un dinosaurio. Hades, el otro perro, está sentado a su lado en posición de guardia, vigilando el perímetro con una calma solemne, como si estuviera protegiendo a un cachorro de su propia manada. Me tapo la boca con las manos para ahogar un sollozo histérico, estoy temblando tanto que apenas puedo mantenerme en pie. Siento una presencia a mi espalda un calor que irradia poder y confusión. Alessandro ha llegado. Se queda paralizado a mi lado, escucho su respiración agitada detenerse de golpe. Él conoce a esos perros mejor que nadie y sabe que han enviado a tres hombres al hospital este año solo por acercarse a la valla perimetral, sabe que intentaron atacar a Bianca la semana pasada cuando ella quiso hacerse la valiente. Y ahí están, rendidos ante un niño de cinco años. - ¿Qué demonios...? —susurra Alessandro, su voz es ronca, incrédula. Matteo levanta la vista al oírnos y nos sonríe, mostrando un diente de leche que le falta, ajeno al peligro mortal que acaba de cortejar. - ¡Mami! ¡Mira! —señala a Ares—. ¡Encontré perritos! Son gigantes. Corro hacia él, no puedo evitarlo, me lanzo al césped y lo abrazo, apartándolo de los animales con movimientos frenéticos, revisando su cara, sus manos, buscando sangre. - ¡Matteo! —lloro, apretándolo contra mi pecho sucio por el uniforme de limpieza—. ¡No vuelvas a hacer eso! ¡Nunca! ¡Son peligrosos! - No son malos, mami —protesta él—. Me dieron besos. Ares se levanta de inmediato, su postura cambia y ya no es el perro juguetón, ahora está en alerta, mirándome, evaluando mi miedo, pero no gruñe, mira a Alessandro y luego se sienta de nuevo, esperando órdenes. Alessandro camina despacio hacia nosotros, sus pasos sobre la hierba son silenciosos, no mira a los perros, mira al niño, lo mira con una intensidad que me hace querer esconder a Matteo bajo mi ropa. - ¿Te gustan los perros? —pregunta Alessandro, su tono es extraño, no es el tono del Don, es... curiosidad. Matteo asoma la cabeza por mi brazo. - Sí. Pero mamá dice que no podemos tener uno porque el piso es pequeño y cuestan mucho dinero. Alessandro se agacha, queda a la altura de Matteo, ignora mi presencia, ignora que estoy temblando en el suelo, extiende una mano hacia Ares y el perro lame sus dedos con sumisión. - Estos no son perros normales —dice Alessandro, clavando sus ojos negros en los de mi hijo—. Son guardianes, mi abuelo siempre decía que estas bestias tienen un sexto sentido, solo respetan a la familia, solo respetan la sangre Moretti. El mundo se detiene. Siento que el sudor frío me baja por la espalda. - Los animales son impredecibles —digo rápidamente, mi voz aguda por el pánico—. Matteo siempre ha tenido mano con ellos, los gatos de la calle lo siguen, es... es su energía, es un niño dulce. Alessandro levanta la vista hacia mí, sus ojos son dos cuchillos que intentan diseccionar mi alma. - ¿Dulce? —repite con sarcasmo—. Ares no entiende de dulzura, Isabella. Ares entiende de jerarquía y acaba de reconocer a un amo. Se pone de pie, dominando la escena, la sombra de su cuerpo nos cubre a los dos. - Lleva al niño adentro —ordena, con la voz tensa—. Que la niñera lo bañe huele a perro. - Alessandro... - ¡Ahora! —ruge, y los perros se levantan al oír su tono, pero no para atacarlo a él, sino para ponerse en guardia a su lado. Me levanto a trompicones, cargando a Matteo en brazos, aunque mis rodillas fallan, corro hacia la casa sin mirar atrás, sintiendo la mirada de Alessandro clavada en mi nuca como una mira telescópica. Él sospecha. La naturaleza lo ha traicionado, la sangre ha llamado a la sangre y las bestias han respondido. ALESSANDRO Me quedo en el jardín hasta que desaparecen en el interior de la mansión. Miro a Ares, el perro me devuelve la mirada, jadeando tranquilo, con esa expresión de lealtad absoluta. - Traidor —le murmuro, acariciando su cabeza masiva—. ¿Por qué no lo mordiste? El perro empuja su cabeza contra mi pierna. Mi mente es un caos, las matemáticas dicen una cosa: las fechas no cuadran, si el niño nació en diciembre, fue concebido un mes después de que ella se fuera y es hijo de Marco. Pero mis ojos... mis ojos ven otra cosa. Veo la forma en que el niño me sostiene la mirada, veo su valentía estúpida, veo cómo frunce el ceño igual que yo cuando algo le molesta y ahora esto, los perros. ¿Es posible? ¿Es posible que Marco mintiera? ¿Qué Isabella mintiera? Si el niño nació antes... si nació en noviembre... o en octubre... Siento una presión en el pecho que me corta la respiración, si ese niño es mío... entonces Isabella me robó cinco años de mi vida, me robó sus primeros pasos, sus primeras palabras, me robó la oportunidad de ser padre. Y se lo dio a él a Marco. La furia me ciega, saco mi teléfono y marco un número. - Enzo. - Dime, señor. - Quiero que bajes al sótano ahora mismo. - ¿A la celda de Marco? - Sí. —Mi voz es hielo puro—. Quiero que le hagas una visita, no lo golpees, todavía no, quiero que le hagas preguntas. - ¿Sobre qué? - Sobre el nacimiento del niño, quiero detalles, en qué hospital nació, cuánto pesó, si fue prematuro o a término, quiero saber si hubo complicaciones, pregúntale cosas que solo un padre que estuvo allí sabría y si duda... si tarda un segundo en responder... rompéle un dedo. - Entendido. Cuelgo el teléfono. Miro hacia la ventana de la habitación azul, en el segundo piso. Necesito certezas, la duda es un veneno que me está matando lentamente. Camino hacia la casa, entro en el vestíbulo, donde el cubo de agua sucia y el trapo de Isabella siguen tirados en el suelo, abandonados en su huida. La imagen de ella de rodillas, fregando mi suelo, me asalta, debería darme satisfacción, debería sentirme poderoso, pero solo me siento vacío. Subo las escaleras, no voy a mi despacho voy a buscarla. La encuentro en el pasillo del ala de invitados, saliendo de la habitación del niño, ha dejado a Matteo con la niñera. Cuando me ve, se pega a la pared, está pálida, todavía con el uniforme gris manchado de hierba y tierra, me acerco a ella hasta acorralarla, pongo una mano en la pared, junto a su cabeza, bloqueando su huida. - ¿Se durmió? —pregunto. - Sí —susurra ella, sin mirarme. - Mírame. Ella levanta la vista, sus ojos color miel están llenos de lágrimas contenidas. - ¿Qué quieres, Alessandro? ¿Más humillación? ¿Quieres que limpie los baños ahora? - Quiero la verdad. - Ya te la dije. - No. —Me inclino hacia ella, oliendo su miedo y ese aroma a vainilla que me obsesiona—. Los perros no mienten, Isabella, las personas sí. - Fue una coincidencia. Matteo es bueno con los animales. - Deja de insultar mi inteligencia. —Le agarro la barbilla con suavidad, pero con firmeza—. Hay algo que no me estás contando y lo voy a averiguar, tengo a Enzo interrogando a Marco ahora mismo, si sus historias no coinciden en una sola coma... Isabella se estremece. - Déjalo en paz él no sabe nada. - ¿No sabe nada de qué? —La atrapo en su propia trampa verbal—. ¿Del nacimiento de su propio hijo? Debería saberlo todo, ¿no? Ella cierra la boca, dándose cuenta del error. Sonrío, pero no hay alegría en mí. - Ve a cambiarte, ponte algo decente, esta noche cenas conmigo. - ¿Qué? - Como oyes, se acabaron los juegos de la sirvienta por hoy, quiero tenerte frente a mí, en la mesa, quiero verte comer, quiero verte beber vino y quiero ver si eres capaz de sostenerme la mirada mientras mientes sobre la sangre de ese niño. - No tengo ropa decente, salimos con lo puesto. - En el armario de mi habitación hay cajas, vestidos que compré hace años pensando en ti. —La confesión sale antes de que pueda detenerla, revelando mi propia debilidad—. Úsalos o baja desnuda me da igual, pero baja. Me aparto de ella y camino hacia mi habitación. Tengo que hacer una llamada más, una llamada que debí hacer el primer día. Saco el teléfono de nuevo. - ¿Diga? - Doctor Valentí —digo—. Necesito un favor, discreto pero urgente. —Lo que sea para la familia Moretti, Don Alessandro. - Necesito un kit de pruebas de ADN y necesito que lo traiga usted mismo a la villa esta noche. Cuelgo. Se acabaron las suposiciones, la ciencia me dará lo que el corazón me niega y si el resultado es positivo... si ese papel dice que Matteo es mío... entonces la cena de esta noche será la última cena tranquila que Isabella tendrá en su vida.
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