ISABELLA A las seis de la mañana ya en el gimnasio privado de la villa, llevo unos leggings negros y un top deportivo que deja ver mi abdomen y la cicatriz rosada del disparo, me siento expuesta, no solo por la piel que muestro, sino por lo que esto significa, hoy dejo de ser la víctima para convertirme en aprendiz de verdugo. Alessandro ya está allí, está golpeando el saco de boxeo. Me quedo parada en la puerta observándolo, está sin camiseta, su espalda es un mapa de músculos en movimiento bajo la piel bronceada, los tatuajes de tinta negra cubren sus omóplatos y bajan por su columna como enredaderas oscuras, el sudor le hace brillar y cada golpe que da al saco es una explosión de potencia controlada. Pum. Pum. Pum. El sonido es rítmico, hipnótico. Es una bestia y Dios me perdone, es

