2 EL PRECIO DE UNA MENTIRA

1776 Words
ISABELLA Dicen que los ojos son el espejo del alma, pero para mí, son una sentencia de muerte diaria. Miro a Matteo, mi hijo de cinco años, mientras dibuja concentrado en la mesa de la cocina de nuestro pequeño apartamento en las afueras de Nápoles, Tiene el ceño fruncido, la lengua asomando ligeramente por la comisura de los labios y una intensidad en la mirada que me hiela la sangre cada vez que la reconozco. Son negros, oscuros como una noche sin luna en Sicilia. Son los ojos de Alessandro. - Mami, mira —dice, levantando su obra maestra, es un garabato de un hombre grande y un niño pequeño tomados de la mano, con un sol rojo en la esquina—. Este es papá y este soy yo. Sonrío, pero el gesto se siente como una grieta en una máscara de porcelana, me acerco y le acaricio el cabello, rebelde y oscuro, otro rasgo que grita su verdadera herencia a los cuatro vientos. - Es precioso, tesoro. Mi vida es una mentira construida sobre cimientos de pánico y amor incondicional, para el mundo, para la vecina cotilla del 4B y para la cajera del supermercado, soy Isabella Ricci, la esposa de un contable modesto y trabajador, pero para mi propio corazón, sigo siendo la niña de quince años que suspiraba escondida en el cuarto de servicio porque el heredero de los Moretti le había rozado la mano al pasar. Me levanto para preparar el té, pero mis manos tiemblan al sostener la tetera, siempre tiemblan cuando pienso demasiado en él. Alessandro. Mi primer amor, mi único amor, el hombre al que tuve que destruir para poder salvarlo. El silbido de la tetera me transporta, sin que pueda evitarlo, a esa noche hace seis años, la noche que debió ser el comienzo de nuestra libertad y se convirtió en mi funeral emocional. Recuerdo la paz engañosa de aquella madrugada en Villa Moretti. Alessandro dormía profundamente en mi estrecha cama de servicio, con el brazo pesado sobre mi cintura, posesivo incluso en sueños, habíamos hecho el amor con una desesperación dulce, sellando nuestra promesa de huir juntos al amanecer, las maletas ya estaban listas, escondidas bajo la cama, esperando nuestro futuro, él olía a sándalo y a promesas cumplidas. Pero tenía sed, la boca me sabía a besos y a sequedad nerviosa. Con infinito cuidado para no despertarlo, deslicé su brazo fuera de mi cuerpo, él gruñó algo en sueños —quizás mi nombre— y se giró hacia la pared, confiado, seguro de que yo estaría allí cuando abriera los ojos, le besé el hombro desnudo una última vez y sii hubiera sabido que era la última vez que tocaría su piel, me habría arrancado los labios antes de separarme. Salí de la habitación en busca de un vaso de agua a la cocina de servicio, cerré la puerta con suavidad tras de mí, el pasillo estaba oscuro y silencioso. O eso creía. Al girar la esquina hacia la cocina, una sombra se desprendió de la oscuridad, cobrando forma y sustancia, el corazón se me detuvo en el pecho. Sentado en una silla, con un cigarro apagado entre los dedos y una calma terrorífica, estaba Don Vittorio Moretti, el abuelo, el Diablo con traje de tres piezas. - ¿Sedienta, bambina? —su voz fue un susurro rasposo que retumbó como un trueno en el silencio de la casa. - Don Vittorio... —Mi voz se estranguló en mi garganta y di un paso atrás, instintivamente queriendo correr de vuelta a la habitación, a despertar a Alessandro, a buscar refugio en sus brazos. - No lo hagas —dijo, leyendo mi intención con sus ojos de halcón—. Si das un paso más hacia esa puerta, mis hombres entrarán y te aseguro que Alessandro no saldrá ileso de esa cama. Me quedé helada, miré a mi alrededor y vi las sombras de dos guardias en el fondo del pasillo, estatuas de violencia esperando una orden. - Nos amamos —dije, temblando, cubriéndome con la bata fina que llevaba puesta, sintiéndome pequeña y sucia ante su mirada—. Nos vamos a ir, las maletas están listas, no puede detenernos. Vittorio se levantó despacio, se acercó a mí bajo la luz tenue de la luna que entraba por la ventana, olía a tabaco caro y a crueldad antigua. - El amor es un lujo que el futuro Don no puede permitirse y menos con la hija de la criada. Sacó un sobre grueso del bolsillo interior de su saco y lo puso sobre la mesa de la cocina con un golpe seco. - Tienes dos opciones, Isabella, la primera: vuelves a esa cama y mañana los atrapamos antes de que lleguen a la frontera. Alessandro será desheredado, perderá mi protección y mis enemigos lo despedazarán en menos de un mes. Y tu madre... —Hizo una pausa cruel, saboreando mi miedo—. Tu madre tendrá un desafortunado accidente en las escaleras mañana mismo mientras limpia. Un sollozo se me escapó, mi madre, ella no tenía la culpa de nada, ella solo fregaba sus suelos. - La segunda opción —continuó, empujando el sobre hacia mí con un dedo— es que tomes este dinero, una suma que te permitirá desaparecer, te irás ahora mismo por la puerta de servicio, sin volver a la habitación, sin maletas y sin despedidas. - Él me buscará... —susurré, con el alma rompiéndose en pedazos afilados—. No parará hasta encontrarme. - No si cree que lo vendiste. —Vittorio sonrió, una mueca fría que no llegaba a sus ojos—. Le diré que tomaste el dinero, que el precio de tu amor tenía varios ceros, él te odiará, Isabella y ese odio lo hará el hombre implacable que necesito que sea. Rómpele el corazón para salvarle la vida. Miré hacia el pasillo que llevaba a mi habitación, Alessandro estaba ahí, a unos metros, durmiendo y yo tenía que traicionarlo para que siguiera respirando, tenía que convertirme en el monstruo de su historia para que él pudiera ser el rey de la suya. Tomé el sobre con manos temblorosas, pesaba, pesaba como una lápida. - Juré que no le hará daño —pedí, con la voz rota. - Tienes mi palabra, mientras tú estés muerta para él, él estará vivo para el mundo. Ahora vete y no mires atrás. Salí de la mansión esa misma noche, bajo la lluvia, sintiendo que dejaba mis entrañas en ese pasillo. - ¡Mami! ¡El agua! La voz de Matteo me trae de vuelta al presente con un sobresalto, la tetera está silbando furiosa, apago el fuego rápidamente, secándome una lágrima traicionera con el dorso de la mano. - Lo siento, cariño estaba distraída. La puerta del apartamento se abre. Me giro tensa, es Marco. Entra con el rostro pálido y los hombros caídos. Marco Ricci el mejor amigo de Alessandro, el hombre que me encontró llorando en la estación de tren esa noche y decidió sacrificar su propia vida para salvar la mía, se casó conmigo para darle un apellido a Matteo, para esconder al hijo del Don a plena vista. Pero hoy... hoy se ve diferente, se ve aterrado. Cierra la puerta y pone el seguro con manos nerviosas. - ¿Marco? —pregunto, sintiendo un nudo en el estómago—. ¿Qué pasa? Él mira a Matteo, que sigue dibujando ajeno al peligro. - Ve a tu cuarto un momento, campeón —le dice Marco con voz suave, aunque forzada—. Papá y mamá tienen que hablar de cosas aburridas de adultos. - ¡Jo! —protesta Matteo, pero toma sus colores y se va corriendo a su habitación. En cuanto la puerta de Matteo se cierra, Marco se derrumba contra la pared de la entrada. - Tenemos que irnos, Isa. El mundo se detiene, es la frase que he temido escuchar durante cinco años. - ¿Por qué? —susurro, acercándome a él—. Dijiste que Nápoles era seguro, dijiste que Alessandro nunca miraba hacia el sur. - Hubo un error. —Marco se pasa las manos por el pelo, desesperado—. Una maldita cámara de tráfico. Ayer, iba conduciendo cerca del puerto y me salté un semáforo en ámbar, el flash... creo que me captó la cara. - Es solo una multa de tráfico, Marco... - No si Alessandro tiene el sistema pinchado. —Marco me agarra de los hombros, mirándome a los ojos con urgencia—. Tú lo conoces, sabes que es obsesivo, si tiene un algoritmo buscando mi rostro... esa foto ya está en su escritorio. Siento que las piernas me fallan y me apoyo en la mesa para no caer. Alessandro. Si nos encuentra... No solo me matará a mí, no solo matará a Marco por traidor, verá a Matteo, verá a un niño de cinco años con su misma cara y entonces... entonces arderá el mundo. - ¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunto, sintiendo cómo el pánico empieza a arañar mi garganta. - Si ya lo vio... horas, tal vez minutos. Marco corre hacia el dormitorio principal y saca una maleta vieja del armario. - Empaca solo lo esencial, Isa, ropa para el niño, dinero, documentos, nada más. Dejaremos todo lo demás. - ¿A dónde iremos? - Al norte, quizás Francia, cruzaremos la frontera en coche y evitaremos aeropuertos y estaciones de tren. Me quedo paralizada en medio de la sala, miro a mi alrededor, este apartamento pequeño y humilde ha sido nuestro refugio y ahora se siente como una trampa para ratones. De repente, un sonido me hiela la sangre. Es un sonido lejano, pero inconfundible para alguien que creció en una mansión de la mafia. El zumbido grave de un motor potente no es el motor de los Fiat o las vespas de los vecinos, es el rugido de un coche de alta gama y no viene solo. Me acerco a la ventana y miro a través de las cortinas, hacia la calle de abajo. Tres camionetas negras, blindadas, con los cristales tintados, giran en la esquina de nuestra calle, avanzan despacio, como tiburones en aguas poco profundas. - Marco... —mi voz es un hilo de terror. Él se acerca a la ventana y mira, su rostro pierde todo el color. - Es él —susurra Marco—. Dios mío, es él, nos ha encontrado. Las camionetas se detienen frente a nuestro edificio. No tenemos horas, no tenemos minutos, no tenemos nada. El pasado ha llegado a nuestra puerta, y no viene a llamar, viene a derribarla.
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