ALESSANDRO Estoy tumbado sobre el cuerpo inerte de Isabella con la cabeza apoyada en su pecho que ya no se mueve, mis lágrimas han empapado su camisón de seda rojo, siento cómo su calor se disipa, grado a grado, escapándose entre mis dedos como arena fina. Me niego a soltarla, me niego a dejar que se la lleven. - Señor... —La voz de Enzo es un susurro respetuoso desde la puerta—. Los de la funeraria están esperando abajo, tenemos que... prepararla. - ¡Fuera! —rujo contra la piel fría de su cuello—. ¡Diles que esperen! ¡Todavía es mía! Enzo no insiste, cierra la puerta dejándome solo con mi cadáver. Paso mis dedos por su cabello, está tan suave que parece mentira que la vida se haya ido de un envase tan perfecto, han pasado meses, he visto nevar y he visto florecer los almen

