—Lo siento… tengo que volver y continuar con un libro. Si quieren, vayan ustedes —dijo Perla, tomando su celular y poniéndose de pie.
Alana frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—¿Un libro? ¿Ahora? Desde cuando prefieres leer antes que comer helado conmigo.
Maya se inclinó hacia ella, sonriendo con picardía.
—Sí, y a mí me vas a contar qué libro es… para ver si lo leemos juntas.
Perla abrió la boca para responder, pero Alan se adelantó con voz animada:
—Oigan, ¿y si mejor vamos a las canchas? Esta noche hay luces, música… y podría ser divertido.
Rubén se apoyó sobre la mesa, interrumpiendo también.
—O… podríamos ir a la sala de juegos y hacer una competencia. El que pierda invita algo.
Andrés apareció por detrás de Perla, apoyando suavemente una mano en su hombro.
—O te ayudo con el libro… te prometo que leo en voz alta como todo un narrador.
Alana los miró a todos, con el ceño fruncido.
—A ver, ¿ustedes se dan cuenta de que cada vez que intentamos preguntarle algo a Perla, alguno salta a hablar?
Maya asintió, entornando los ojos con sospecha.
—Es como si no quisieran que conteste.
Alan soltó una risa suave, fingiendo inocencia.
—Para nada. Solo intentamos evitar que se encierre sola… como siempre hace.
Rubén la miró con una media sonrisa.
—Sí, nos gusta verla pasar un buen rato, no encerrada entre páginas.
Andrés, sin quitarle la mano del hombro, inclinó un poco la cabeza hacia ella.
—Vamos, perlita… ven con nosotros.
Ese "perlita" le recorrió la espalda como un escalofrío. No podía evitar pensar si uno de ellos lo había pronunciado con ese mismo tono en la oscuridad de la noche anterior.
Perla tragó saliva, sintiendo que las miradas de los tres se clavaban en ella, cada una con un matiz distinto: la picardía de Alan, la calma calculada de Rubén, la suavidad que escondía algo más en Andrés.
—Yo… de verdad tengo que irme —dijo finalmente, retirando con suavidad la mano de Andrés de su hombro.
Alan dio un paso al frente.
—Entonces vamos contigo.
—Sí, no es seguro que andes sola —añadió Rubén, con un tono tan serio que parecía una orden más que una sugerencia.
—Y yo no tengo nada mejor que hacer —remató Andrés, como si cerrar el trato fuera algo natural.
Alana arqueó una ceja, mirando a Maya.
—Qué raro… ¿no?
Maya asintió, en un susurro apenas audible.
—Como si fueran tus guardaespaldas… o algo así.
Perla trató de sonreírles para no levantar sospechas, pero por dentro su mente era un hervidero. ¿Era esto protección… o vigilancia?
Salieron del comedor y caminaron por el campus, bajo un sol suave que anunciaba la media tarde. El aire estaba tibio, las hojas crujían bajo sus pasos, y las sombras de los edificios se estiraban lentamente. Alan y Rubén caminaban a su lado, Andrés un paso detrás, y cada tanto sentía cómo sus miradas se cruzaban sobre ella, como si se comunicaran sin palabras.
Cuando llegaron a la residencia, Alana y Maya se despidieron para ir por el helado que tanto habían mencionado. Los tres chicos, en cambio, se quedaron junto a la entrada, como esperando que ella entrara.
Perla subió las escaleras y, justo cuando cerró la puerta de su habitación, su celular vibró.
Era un mensaje.
L: Me encanta cómo tratas de descubrirme, perlita… pero creo que prefiero que sigas jugando.
Ella sintió un escalofrío.
P: ¿Estuviste siguiéndome?
Tres puntos de escritura aparecieron… y luego el mensaje llegó:
L: Digamos que… no necesito seguirte para saber dónde estás.
El pulso se le aceleró. El olor, la voz distorsionada, las manos… todo volvió a su memoria. Y, de pronto, las últimas dos horas parecieron encajar de una forma inquietante: los tres chicos, siempre cerca, siempre interrumpiendo.
Cerró el chat de golpe, dejó el celular sobre la mesa y se dejó caer en la cama, mirando al techo.
Si uno de ellos era LordBlackthorn… lo estaba jugando como un maestro.
Perla se acomodó frente a su computadora, pero su mente no dejaba de dar vueltas. Decidió abrir su diario y escribir un par de pensamientos, como si volcar las palabras en papel pudiera aligerarle el pecho. Después, volvió a la pantalla y siguió avanzando con su novela. Cuando terminó, sin pensarlo demasiado, envió el borrador a LordBlackthorn.
P: ¿Puedes revisarlo?
L: Claro, perlita.
Soltó un suspiro y se dejó caer sobre la cama. Al día siguiente tenía clases, y la lista de cosas en su cabeza era tan larga que dudaba poder concentrarse. Cerró los ojos “solo un momento” y, entre pensamientos dispersos, el sueño la fue envolviendo.
No supo si estaba soñando o despierta, pero juraría que sintió una presencia en la habitación. Una sombra, un roce suave de aire sobre su piel. Abrió los ojos de golpe, pero no vio a nadie.
Se incorporó lentamente y miró hacia el escritorio. La pantalla de su computadora seguía encendida, con la ventana del chat abierta. Había nuevos mensajes:
L: Me gusta cómo dejas mensajes escondidos en las partes que vas creando de tu novela.
...
L: ¿Sigues ahí?
...
L: ¿Estás enojada conmigo por jugar un poco?
...
L: ¿Estás bien?
...
L: ¿Perlita?
Perla tragó saliva y tecleó:
P: Estoy bien, me había quedado dormida.
La respuesta llegó casi al instante.
L: Lo sé.
Ella parpadeó. “¿Lo sé”?
El cursor parpadeó en silencio. Luego, nada. LordBlackthorn se había desconectado.
Un frío le recorrió la espalda.
¿Cómo que lo sabe?
¿No fue un sueño?
¿Estuvo aquí?
Un escalofrío le recorrió los brazos. Se obligó a respirar hondo y mirar a su alrededor. Todo parecía en su sitio… o al menos eso creyó al principio.
Se levantó de la cama y revisó la puerta: cerrada, tal como la había dejado. La ventana estaba también asegurada, aunque una ligera corriente fría se colaba por el marco.
Trató de convencerse de que solo había sido su imaginación. Pero al girarse hacia el escritorio, algo le hizo fruncir el ceño.
Su diario no estaba.
Lo había dejado al lado de la computadora antes de acostarse. Recordaba perfectamente el peso del bolígrafo encima, como si su mente hubiera grabado esa imagen para no olvidarla. Y ahora… nada. Ni el cuaderno ni el bolígrafo.
Se agachó, revisó debajo de la mesa, entre los papeles, incluso abrió los cajones apresuradamente. Nada.
El corazón le golpeaba con fuerza. Volvió a mirar la computadora. En la esquina de la pantalla, un detalle la hizo estremecer: el título de su borrador había cambiado. Ya no era el nombre de su novela. Ahora decía:
"Página 43 — Lo encontré primero."
Perla retrocedió un paso, con la garganta seca.
LordBlackthorn no solo había estado ahí.
Se había llevado algo… algo donde ella escribía incluso sus pensamientos más íntimos.