La noche seguía su curso, y la fiesta estaba en su apogeo. Todos se veían felices y realizados. Aunque los mayores estaban un tanto intrigados por las acciones de sus hijos solteros estaban tranquilos. Laureano y Esmeralda Kovacs tenían una mirada complaciente. Ellos habían visto las miradas que ese frío Viggo le daba a su pequeña cuando era una niña y él aseguraba a viva voz que no la soportaba. Estaban seguros de que eran palabras de la boca para afuera. Ese hombre, que desde joven, se vio lo cruel que podía llegar a ser, se negaba a aceptar que estaba enloquecido por su Lara. Viggo siempre dijo que no creía en el amor, y que lo que sus padres y los Kovacs tenían era un milagro. Era, en cierto modo, entendible ya que él era testigo de cómo todo en esa sociedad se manejaba por el diner

