PROLOGO

798 Words
Shadowman El ruido del viento sopla como un silbo delicado, casi hipnótico, anunciando la tormenta que se está gestando. A lo largo de los años he aprendido a volverme invisible. A fundirme con las sombras hasta desaparecer en ellas. Esa ha sido siempre mi mayor ventaja sobre mis enemigos. Nadie sospecha de alguien insignificante. Nadie mira dos veces a quien no deja huella. Camino con cautela por los largos pasillos de una de las bases de los servicios de inteligencia. El aire es denso, metálico, cargado de electricidad. Me he enterado de que uno de los integrantes de la Yakuza intenta crear una rebelión, un movimiento silencioso destinado a hacer caer al próximo Oyabun. No puedo permitir un cambio de poder. No ahora. No de esta forma. Esa es la razón por la que estoy en esta base ubicada en Londres. Soy de Japón, pero de vez en cuando debo viajar a este país. Las fronteras dejan de existir cuando sabes cómo moverte entre ellas. Y eso me facilita lo que debo hacer esta noche. Varias agencias de inteligencia no solo tienen en la mira al Oyabun, sino también a varios líderes de los clanes más poderosos del mundo. Familias que gobiernan desde la sombra, que mueven hilos sin mancharse las manos. Esa es otra razón por la que tuve que buscar aliados. Nadie sobrevive solo en este juego. El sonido de la katana arrastrándose contra el piso frío y sucio logra que los latidos de mi corazón se tranquilicen un poco. El acero reconoce la oscuridad igual que yo. El traje de cuero se amolda a mi cuerpo, flexible, silencioso, permitiéndome una movilidad perfecta. Cada paso está medido. Cada respiración contenida. Hasta que llego a la caseta de vigilancia. —No puedes estar aquí —habla el hombre rubio del otro lado del vidrio. Suspiro lentamente. No me gusta ensuciarme las manos de sangre, pero hay ocasiones en las que la violencia no es una opción... es una necesidad. Ignoro sus palabras. Necesito que salga de allí. Necesito el espacio. Necesito terminar con esto, tomar lo que he venido a robar y largarme antes de que la noche me reclame. —He dicho que no puedes estar aquí —escupe el guardia de seguridad, perdiendo la paciencia. Sale de la caseta con el arma levantada. Un error. Aprovecho el mínimo descuido. Un parpadeo. Un segundo de confianza mal depositada. Arranco su cabeza del tronco con un movimiento limpio. La hoja corta la carne con precisión y un riachuelo espeso de sangre brota de la extremidad cercenada, manchando el suelo. Sus ojos quedan abiertos, congelados en una expresión muda. Nunca lo vio venir. Sigo mi camino. La lluvia ha empapado todo mi cuerpo y las gotas resbalan por el cuero, cayendo al suelo y dejando pequeñas manchas oscuras sobre el cemento. Me escabullo entre las sombras, procurando no toparme con nadie más. Realmente no quiero dejar un reguero de cadáveres. Como he dicho, odio quitarle la vida a la gente sin una razón real. Esta noche, solo había una. Llego al cuarto donde guardan los archivos. Las computadoras brillan como ojos vigilantes en la penumbra. El zumbido constante de los servidores llena el ambiente. No hay tiempo. Me apresuro. Conecto el pendrive y mis dedos se mueven con rapidez sobre el teclado. El programa se despliega en la pantalla: líneas de código encriptado, capas de seguridad superpuestas, accesos que se abren uno tras otro como puertas prohibidas. Descargo cada uno de los archivos confidenciales. Cada prueba que tenían está siendo arrancada de los servidores y guardada en este dispositivo diminuto. Un seguro de vida para mí. Un arma letal para todos aquellos cuyos nombres aparecen en la lista. Mis ojos recorren la pantalla. Agust Darrend. Evangelina Darrend. Kali Darrend —la familia Darrend, una de las más poderosas del bajo mundo—. Mis pupilas siguen avanzando. Genesis Dalmat. Hades Lander. Continúo leyendo, uno por uno, saboreando el peso de cada apellido. Eros y Masha Vitale. Mattia y Nikki Lander. Vladislau y Artemisa Popov. Darko y Arisha Markovic. Hasta que finalmente aparece el nombre que me interesa. Koji Yamada... y su prometida, Akari Tanaka. Exhalo despacio. Descargo todos los documentos y los resguardo bajo un programa estricto, diseñado para abrirse únicamente con un código encriptado. Un código que solo podrá encontrarse si yo lo permito. Si yo lo digo. Si yo sigo respirando. Saco el pendrive del computador y elimino cualquier rastro. Mañana, toda prueba que exista contra esas familias habrá desaparecido. No quedará nada. Ni huellas. Ni copias. Ni recuerdos digitales. Busco dentro de mi traje el móvil y marco. Mis dedos se deslizan por la pantalla mientras escribo el mensaje. Shadowman: Lo tengo. Espero. El silencio pesa. Entonces la respuesta aparece. Q: Que comience el show.
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