Hasta que lo vi. Sentado sobre la cerca de la casa que está a unos metros de la esquina del colegio. Fumando. Miraba alternadamente la esquina, la calle y la puerta del colegio donde me despedí de las chicas. A mitad de cuadra, Rosario me llamó con un grito: —¿Qué haces hoy? —me preguntó, modulando exageradamente cada palabra para que pudiera entenderla. De espaldas a Simón, levanté mis pulgares señalando para atrás y le murmuré en cámara lenta "Simón". Rosario abrió grande los ojos y asintió con su cabeza. Me imaginé que debía estar pensando algo así como "no come ni deja comer" y eso me hizo sonreír una vez más. Giré lo volví a ver. Me hamaco en Simón. Voy y vengo. Nadie logra ponerme más nerviosa que él. Ningún evento, ninguna situación, nada. Un año antes ni sé qué hubier

