— Gor está vivo, herido, pero está vivo, — Cristi la estaba sacudiendo por los hombros. Y el significado de las palabras pronunciadas por su amiga poco a poco comenzó a llegar a su cerebro. — ¿Él está vivo? – susurró Misi. — Sí, está en el hospital, — respondió ella. — Si quieres, te llevaré con él. — Por favor, Cristi, llévame con él. Tengo que decirle que lo amo. — suplicó Misi. — Está bien, pero primero vamos a casa, — explicó su amiga, — necesitas cambiarte. Estás toda mojada. — No, tengo que verlo ahora. Cristi la miró y, sin decir nada más, la condujo hasta el coche. Ellas llegaron a la misma clínica donde había estado ella dos semanas atrás. — Esta en esta habitación, — dijo Cristi, abriendo la puerta, — te esperaré fuera. Misi entró. El hombre de su vida estaba tumbado en

