27 A la mañana siguiente, Rachel no podía convencerse de ir a tomar el café con Rufus como hacía cada mañana. No había podido cerrar un ojo por culpa de ese beso y no soportaba la idea de que él pudiera disfrutar viéndola en problemas, sabiendo que había puesto en peligro su equilibrio interior. De repente, alguien golpeó la puerta. Era Rufus con su hija. “ Ya que no has tenido el coraje de ir a nuestra casa, hemos venido a la tuya”, la provocó Rufus con una sonrisa arrogante. Por poco no rompió el lápiz que tenía en la mano por la ira que sentía por esa insinuación. “ Ésta mañana tengo la agenda completa”, se justificó rápidamente Rachel sentándose, mientras Rufus le daba una taza de café y Sophie un fajo de hojas. “ ¿Y eso qué es?”, preguntó a la muchachita. “ El trabajo, ase

