Narra Arón
Llevar un gran apellido puede ser agradable, pertenecer a una familia de la realeza lo es aún más, pues conocer que tus antepasado han marcado la historia de una nación y que lo seguirán haciendo, hace que tu ego se mantenga en la luna; pero no todo es agradable, las responsabilidades que se requieren son demasiadas y aumentan cuando eres un príncipe heredero.
Soy Arón William de Aragón, el príncipe heredero al trono de España; este destino no era el mío, pero ahora debo aceptarlo. Pues hace muchos años atrás, mi abuelo el antiguo rey Arthur William de Aragón, tuvo dos hijos; el príncipe Frederick —mi tío— y el infante Phillip —mi padre. Según el linaje real, los hijos de mi tío Frederick quien fue nombrado rey cuando falleció mi abuelo, deberían continuar con el linaje a la sucesión al trono, y así fue, pero hasta un determinado tiempo; mi primo Alan William —hijo del rey Frederick— fue conocido como el príncipe heredero, por lo que desde muy pequeño empezó la debida preparación para ese rol que algún día debía cumplir. Yo era un infante, es decir, que también hago parte de la realeza pero por no ser hijo del rey, ni ser el heredero, no puedo llevar el nombre de príncipe. Hasta que un día el rey Frederick fallece en un terrible accidente, situación que cambió el rumbo de todos, pues mi padre pasó de inmediato a ser el rey de España, y yo por ser su hijo primogénito, me convertí en el nuevo príncipe heredero.
La familia de mi tío fallecido se fue del palacio para superar la dura perdida, las relaciones con la antigua reina y el antiguo príncipe, se hicieron más estrechas, alejándonos de compartir más momentos. Los cambios para mi fueron duros, pasé de casi no ser notado a tener los ojos de todos sobre mí, mis días se hicieron largos y tediosos por las múltiples horas de estudio.
En mi etapa de niñez, fue agradable el compartir más tiempo con mi familia, aunque, cuando no tenía el titulo importante ser ignorado me afectaba; Alan podía ser un niño cruel cuando se lo proponía y en ese momento de mi vida era bastante susceptible. Al cambiarnos la vida a todos, nuestros tiempos nos distanciaron más, los tratos especiales y demostraciones afectivas fueron quedando el olvido porque la brecha de la formalidad se interpuso entre nosotros.
Mi adolescencia fue la etapa más dura, fue cuando empecé a cohibirme de muchas actividades normales de un chico de mi edad, quise ser rebelde e incluso rebelarme pero mi padre y sus exigencias son de otro planeta. Desde mis ojos veía que mi generación de amigos del siglo XXI estaba avanzando y dejándome atrás, pues en casa se respira la tradición de una familia de siglos pasados; las largas horas de clases, los distintos deportes, el tener que mantener una imagen ante un mundo entero me revolvía la existencia, hasta que me resigné y supe que este sería mi destino. Todo se mantenía así hasta que conocí a Anastasia, la mujer que me hizo pensar muchas veces en dejar todo a un lado y seguir por primera vez lo que decía mi corazón. A mis diecinueve años tuve a la mejor tutora, una mujer brillante, hermosa, deslumbraba con sus conocimientos sobre historia —fueron las clases más increíbles de mi vida—. Anastasia Rodríguez es mayor que yo por casi diez años, por primera vez sentí que una mujer podía ser inalcanzable para mí; verla con esos lentes que combinaban perfecto con su estilo mientras me explicaba algún tema era la gloria; su piel trigueña hacia que sus grandes ojos marrones fueran un atractivo, que decir de su cabello rizado hasta su cintura. Todos los días veía a mi tutora, por lo que de apoco inicié a expresarle mi interés por medio de pequeños detalles que la harían despertar sentimientos por mí; una rosa, unas palabras bonitas, hasta un poema serían suficientes para la mujer más hermosa y desinteresadas de todas, Anastasia.
Pasaron varios meses hasta el momento que pude sujetar su mano, darle un beso o tener relaciones sexuales con ella, no tuvo que pasar más para perderme por completo en sus encantos. La privacidad entre los dos no fue un problema, cuando tenía mis sesiones o clases de algún deporte, me dejaban una biblioteca del palacio solo para mí y mi tutor, nadie interrumpía los momentos de aprendizaje del príncipe, eran sagrados en el palacio; todo marchaba bien, me sentía motivado para continuar con el exigente proceso de preparación hasta el día que Anastasia decidió darle un pare a nuestra aventura. La tristeza y la impotencia me invadían, quería que ella se quedara a mi lado pero fuera del palacio tenía una vida y una relación de años con alguien que le había propuesto matrimonio. Quise convencerla de algún modo, pero al dejar expuesto lo que pasaba, su reputación e imagen profesional estaban en juego; una tarde fui a mi clase con ella, con la idea de encontrarla y simplemente desapareció, había renunciado a su cargo como tutora.
Un tiempo después, supe que ella se había casado; tenía una vida realizada sin mí y que trabajaba en una preparatoria cercana a la mía. Pude obtener su número de contacto y su dirección, pero nunca pude llenarme de valor para buscarla.
Hoy en día, a mis veintiún años, me ha anunciado mi padre el rey Phillip y mi madre la reina consorte Isabella, que pronto llegará mi sucesión al trono, por lo que mi matrimonio debe iniciar su proceso; pues mi padre se encuentra afectado de salud y desea abdicar al trono para poder recuperarse —. Lo que fue una desgracia para mí— No estoy preparado para asumir un compromiso, siento que estoy joven a pesar de saber que en la realeza los matrimonios llegan a temprana edad; más aún cuando la mujer a la cual debía unirme ya había sido seleccionada desde antes que yo naciera. Justo en ese momento sentí que tenía una razón real para buscar a Anastasia, ahora si tenía el valor para usar su número de teléfono luego de conservarlo por tanto tiempo, por lo que no dudé en enviarle un mensaje y expresarle mis ansias por verla —aunque su respuesta no haya sido la más alentadora—. Pero no me resigné, tenía una oportunidad más, era mi futuro el que estaba en juego; casarme con una desconocida o compartir el resto de mi vida con la mujer que realmente amo. Así que apenas tuve la oportunidad de ir hasta ella lo hice; para mí mala suerte nuestro reencuentro no fue el mejor, porque a pesar de ver amor en sus ojos, tenía un sin número de razones para no aceptar estar conmigo. Tenía ya un anillo en su dedo y todo lo que se le vendría encima sería más de lo que podría soportar. Sus palabras fueron duras, creí que era más fuerte pero ella me hace vulnerable, por un segundo sentí arrepentimiento de ir a buscarla, además de casi ser descubierto por una escuincla, pero es el destino, por algo pasan las cosas.
Esa misma tarde, con el corazón hecho trizas, di mi respuesta a los mayores. Resignado a lo que fuera levanté mi cabeza, cerré mis ojos y mi corazón y dije:
—Iniciemos con el proceso marital, mañana estaré en el salón para conocer a la mujer que mi abuelo el antiguo rey Arthur, escogió para mí.