Al terminar la jornada, Bianca y yo nos disponemos a volver a casa, no me he sentido muy bien después del altercado con el egocéntrico príncipe.
—¿Qué te pasa? Actúas extraño desde que volviste de la enfermería; además tienes una raspadura en tu barbilla ¿Qué te pasó? —comenta mirándome extrañada.
—Estoy bien, solo me caí por andar de despistada.
Salimos de la prepa como un enorme viaje de vacas, la mayoría salen de aquí caminando o en bici hasta sus casas; también tengo una bicicleta pero hace unos días choqué contra un árbol, las llantas quedaron chuecas.
—¡Vaya! Nunca me cansaré de verla —dice Bianca sacándome de mis pensamientos.
Miro con atención hacia donde ella observa, vamos justo por la preparatoria que me hace recordar de inmediato lo sucedido en la mañana.
— Oye ¿sabes algo sobre el compromiso del príncipe? —cuestiono curiosa.
—¿Compromiso? ¿De qué hablas?
—Es que… Es que lo escuché por allí —digo como algo sin importancia.
—No han anunciado nada sobre un matrimonio en la casa real, aunque ellos se casan muy jóvenes, no sería de extrañar, pero ¿no te causa curiosidad saber quién puede ser la afortunada? ¡Vaya! ¿Te imaginas ser la esposa de un príncipe?
La chica sonríe con solo imaginarlo, yo le doy un golpe en su hombro para que aterrice.
—No digas tonterías, este es el mundo real. Pobre de la mujer que se case con ese prepotente, de seguro por eso lo estaban rechazando —suelto sin pensar—. Parece que hablé en voz alta.
—¿De qué estás hablando?
—De nada, no dije nada —respondo doblando por mi calle para ir a casa.
—¡Leslie! No puedes irte así ¡espera!
Corro alejándome de Bianca, espero que para mañana haya olvidado lo que dije. Mientras me acerco hacia mi destino veo que un lujoso auto pasa por mi lado, me asusto un poco porque creo que es uno del palacio, así que agito mi cabeza con brusquedad, quizás estoy empezando a tener alucinaciones.
—Estoy en casa —digo dejando mi mochila en el sillón.
— Esto es una desgracia —solloza mi madre en la cocina—. Por un segundo pensé que las cosas cambiarían pero no, las oportunidades no existente para las personas como yo.
—Mamá, sé que no soy la mejor estudiante pero estás exagerando, me haces sentir mal.
Por un momento creí que las lágrimas de mi madre eran por mí, es que ya antes la escuché decir lo mismo, fue justo cuando reprobé un año escolar.
—No lloro por ti, es que no lo encuentro, no sé dónde está —contesta ella aun en la cocina.
Voy hacia ella y me encuentro un desastre, parecía que un remolino entró a la cocina y sacó hasta la última cuchara de los cajones.
—¿Lo encontraste? —cuestiona mi padre apareciendo también con sus ojos irritados por tanto llorar.
—¿Por qué lloras papá? ¿Otra vez te despidieron del trabajo?
—No, es que no lo encuentro, y ya lo busqué en las habitaciones, en los roperos, en el jardín, en todos lados; simplemente desapareció.
La pareja se abraza y se consuelan como si alguien hubiera muerto, no entiendo lo que les sucede.
—¿Qué es lo que no encuentran, a mi hermana? Porque de ser así, no pasa nada, en unos días la olvidaremos.
—No digas eso, es el anillo, el anillo que dejó el abuelo antes de morir —contesta el hombre dolido entre lágrimas—. Pensé que mi padre ya hablaba locuras, pensé que era alzhéimer, pero él tenía razón, era verdad; perdón padre, hiciste bien con llevarte ese anillo al cielo, estos incrédulos no lo merecían.
—¿Te refieres a ese anillo?
Señalo hacia el fondo del pasillo que está frente a la cocina
—¿Donde? —dice secando sus lágrimas.
—Allá, en el cartel, mamá lo amarró en la cuerda hace mucho ¿lo olvidaste?
Mi madre comienza a reírse avergonzada, rasca su cabeza y camina hacia donde le he dicho, ese cartel ella misma lo hizo con recortes de revista y lo colgó a la pared con una chincheta.
—Sí, ya lo recuerdo —menciona secando sus ojos húmedos con pena—. No sé cómo pude olvidarlo, que gracioso.
—¡Somos ricos! —grita mi padre levantando los brazos.
—¿Apareció?
Mi hermana aparece ante el grito de mi padre y mi madre levanta el anillo como si fuera un trofeo, los tres celebran con mucha emoción, se abrazan y saltan como cabras. Frunzo mi ceño extrañada, sabía que tenía una familia peculiar pero hoy la sacaron del estadio.
—Bien, voy a tomar mi mochila y voy salir por esa puerta.
—¡No! —gritan los tres al unísono.
—Su alteza, no puedes andar por la calle así, ven, vamos a la sala —dice mi hermana tomándome de la mano con delicadeza—. ¿Quieres un juguito de naranja? —pregunta con respeto.
—¿Qué le pasa a la adoptada?
Mi madre también me lleva de la mano y mi padre acomoda los cojines para que me siente, me quitan los zapatos y me hacen cariñitos.
—¿De qué me perdí?
—Cariño, mi hija adorada, hace un rato recibimos una visita del palacio real; el secretario de la realeza vino junto a otro hombre —dice algo emocionada—. ¿Te imaginas? El auto del palacio estacionado en frente de nuestra casa, casi muero de la impresión.
—¿Eso que tiene que ver conmigo?
—¿Recuerdas la historia que contaba el abuelo? Esa que siempre decía, que él hace muchos años había hecho una promesa con el antiguo rey Arthur.
—¡Oh, sí! ¿La qué papá decía que ignoráramos porque estaba loco?
—Sí, esa —responde mi hermana asintiendo con su cabeza—. Era cierta, el abuelo no estaba delirando, él decía que esa promesa era como una especie de regalo para ti.
—¿Cuál es el regalo? ¿Es algo valioso? ¿Una joya? ¿Una beca? —continuo con una lista larga de posibles regalos que se vienen a mi cabeza, sonrío de la emoción por el sin número de cosas en las que pienso.
—Ser la prometida del príncipe Arón —dice mi padre con sus ojos brillantes por la felicidad.
Automáticamente mi sonrisa desaparece y se convierte en una de tragedia.