Así, el padre continuo con la boda, que se fue extendiendo por varios minutos, hasta el instante más esperado por toda la audiencia, y el de los mismos prometidos. A la primera en preguntarle fue a la novia. —Sí quiero —respondió Lacey sin titubeo y con alegría. Moldeó una sonrisa, mostrando su dentadura blanca a través del velo. —Y tú, Heros Daele, ¿quieres recibir Lacey West, como esposa, y prometes serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida? Heros comenzó a oír un molesto pitido en sus oídos. Era el momento de la verdad, en el que simples palabras decidirían su destino como hombre: Sí quiero o No quiero, eso era lo único que debían emitir sus cuerdas vocales y sería libre o se condenaría en un

