CAPITULO 8: OBSESIÓN Y AMENAZAS PARTE 2

1658 Words
El hombre se bajó del vehículo, e ingresó a la mansión en su rostro solamente se reflejaba inconformidad. Y eso lo estaba molestando, la situación no iba como él quería, se dirigió a su despacho y se encerró dentro de la oficina, se dedicó a revisar los papeles que les había enviado sus subordinados. Poco tiempo después, se percató que no le había devuelto el celular a Sara, cuando indagó en su maletín. Una media sonrisa casi imperceptible, se le asomo en su rostro. Hagamos una apuesta, se dijo internamente. Ella vendrá a mí o se quedará encerrada en su cuarto sin poder comunicarse con el exterior. ¿Qué pesará más, su orgullo o la necesidad de comunicarse? Con eso en mente, exclamó. —ella vendrá de otro modo, le castigaré. Mientras tanto, en la habitación de Sara. Esta se encontraba llorando mientras abrazaba una almohada, el teléfono era la menor de sus preocupaciones. Esta vez sí, la palmaste. Sara Cosette. ¿Qué demonios le pasó a ese hombre? ¿Porque su obsesión? ¿Qué hice? Son preguntas que no encontraba respuesta, ni lógica. Sólo quería acabar con esto, si dar su cuerpo, era la manera más rápida de salir, pero en ese momento soltó un bufido. —Es más fácil pensarlo que hacerlo. Es mi primera vez y él cree que soy una golfa, no será amable conmigo. Después de decir esto se puso a pensar. ¿Y si se lo confieso? No imposible. Esto es frustrante y tampoco puedo pedirle ayuda a nadie, porque esto es demasiado íntimo. Ni siquiera a mis padres. Sólo tengo 2 semanas antes que el tiempo se acabe. En ese momento, Sara se percató que le faltaba su celular. —Maldito, hijo de Perra, me quitó el móvil. Ya en este momento, Sara se encontraba en su límite. La paciencia era algo que ella no manejaba mucho. Quería salir de la habitación y exigirle que le devolviera su móvil. Pero no podía precipitarse y hacer tal cosa porque podía cometer un error y hacerlo enojar. Ser sumisa era la única opción que tenía. Pero es igual, si no quiere devolverle el móvil, no sería diferente a perder el tiempo y conseguir un boleto al infierno. ¿Voy a él, me arriesgo o me quedo en la seguridad de mi habitación? Esa era la interrogante. Al cabo de una hora de pensarlo cuidadosamente. Decidió bajar las escaleras y enfrentarse al hombre. El celular le pertenecía a ella así que tenía todo el derecho de pedirlo. Cuando bajo las escaleras, la sala estaba en completo silencio. No había rastro de ninguna de las sirvientas. Esto la puso nerviosa, decidió caminar por toda la sala y parte de la cocina. No encontró nada. Cuando se estaba por rendir y volver a su habitación, pudo visualizar que el despacho estaba encendido. Ya eran las 8 de la noche, ¿Por qué Caspian, seguía encerrado en su oficina? Se quedó parada en frente de la entrada, por un buen rato. No sabía si entrar o no, lo último que quería era interrumpirlo o enojarlo, no quería asumir las consecuencias. Al final, se quedó parada en frente y antes que pudiera reaccionar, la puerta se había abierto. Caspian se encontraba harto de esperar, así que había decidido ir a su habitación a entregarle el aparato. Para su sorpresa, encontró a la mujer en frente de su despacho. —Necesita algo, señorita Cosette. Dijo eso mientras se le formaba una media sonrisa en su rostro. Estaba satisfecho, porque ella había venido, pero la muy terca no quiso entrar al despacho. —No quería molestarlo, señor Hilton, sólo quería mi celular de vuelta. Dijo eso mientras miraba para otro lado. —¿Sabes? Existen manera de pedir las cosas y esta no es una de ellas. Sara se sorprendió por su respuesta y lo miró a la cara. Estaba a punto de gritarle, que él se encontraba loco. Pero decidió morderse la lengua, cuando vio el rostro inexpresivo. Este hombre, siempre carga una cara de póker. Excepto cuando se enoja. Caspian, se hizo a un lado y la invitó a entrar al despacho. Sara no tenía muchas opciones si quería recuperar su celular. Así que obedientemente ingreso, se quedó parada mientras miraba a su alrededor. Mientras tanto, Caspian se dirigió a su escritorio abrió la primera gaveta y sacó el móvil. Después, prosiguió a entregárselo. Ella hizo una pregunta al aire, no esperaba que la contestara. —¿Dónde están las sirvientas? Él la miró y respondió, —Los fines de semana trabajan hasta las 5. —No sabía. Responde sorprendida, por lo general, siempre las sirvientas trabajan hasta las 7 u 8 de la noche. —No tienes por qué saberlo, no te quedarás mucho tiempo de todos modos. Sara quería decir algo, pero decidió callarse. Caspian notó su intento de hablar y le comentó. —Si quieres decir algo, puedes hacerlo, no pienso hacerte nada solamente porque hables. Sara se echó a reír para sus adentro. Y comentó. —La última vez que hable y exprese mi pensamiento. Termine atada a una columna de concreto. Rodeada de perros en celos. Caspian, que se encontraba sentado enfrente de su escritorio, levantó la mirada. Y le dijo. —Escuché que las mujeres eran difíciles de complacer. Nunca me había topado con una mujer de ese tipo hasta ahora. ¿Dijiste que preferías acostarte con los perros que conmigo? Yo solamente quería cumplir tu deseo. —No seas cínico. Caspian, se le formó una media sonrisa en su rostro. Mientras decía. —Es la primera vez que tenemos una conversación sin gritos. ¿Sabes? ¿Quiero llegar a un acuerdo contigo? Que nos beneficie a ambos. ¿Sólo respóndeme porque te casaste conmigo? Por dinero no fue, eso es seguro de otra manera hubiese solicitado lo que te toca como esposa, durante el divorcio. Y, según tus propias palabras, tampoco soy tu tipo. ¿Entonces, por qué? Lo único que quedaría sería una amenaza. Mientras decía eso se acariciaba su mentón. Y Sara observaba cada movimiento que él hacía, Cada palabra que decía. —Tienes razón. Ni yo sé porque me casé contigo. Tómalo como un impulso de una atracción mental. —¿Atracción mental? ¿Eso qué significa? —Bueno, al igual que existen personas que se atraen físicamente. También existen personas que se atraen mentalmente. —No me digas que te enamoraste de mí, porque eso no te lo crees ni tú misma. —Aunque no lo creas, llegué a sentir atracción por ti. Pero fue una atracción pasajera. A todos nos pasa. —Pero no todos se casan por dicha atracción pasajera. Y ahora que se la razón por la cual me obligaron a casarme contigo. No me agrada mucho. Mi padre me aseguró que le iba a agradecer más adelante este matrimonio. Pero no encuentro que agradecerle. Me obligó a casarme con una mujer que, según parece, se sentía atraída mentalmente hacia mí. Esto tiene tan siquiera una pizca de sentido. Después de que Caspian había dicho todo eso, Sara entendió porque su forma de actuar. Si ella hubiese estado en la misma situación que Caspian, también se sentiría completamente impotente, enojada y frustrada. Mientras pensaba lo que iba a decir a continuación se le ocurrió una idea ya que nos encontramos en esta situación. No sería mala idea. En ese momento, Sara hablo. —Señor Hilton, ya que tenemos las cosas claras. Por qué no divorciarnos. Es cierto que sentí algo por usted anteriormente, pero ya eso no es así. Supongo que fue un impulso y la verdad, me disculpo por eso. Caspian logró notar, las intenciones de la mujer, inconscientemente se le dibujó una media sonrisa en su rostro la cual supo ocultar de ella. Algo que le estaba gustando de Sara, es que no se rendía fácilmente cuando quería algo. En eso se parecía mucho a él. En la terquedad. —Sara. Aunque ahora te estés arrepintiendo de haberte casado por impulso. Mientras decía eso, se iba levantando de su asiento y se iba acercando a Sara. La cual retrocedió unos pasos hasta chocar con la pared Caspian aprovechó la situación y la acorraló mientras, añadía. Debes pagar el precio, por el divorcio, así, aprenderás a no tomar decisiones precipitadas sólo por una simple atracción. —¿Y Por qué debes ser tú quien ponga el precio? Le refutó Sara. —¿Porque fuiste tú quien propuso el matrimonio? ¿Y ahora quiere el divorcio? ¿No crees que yo merezco algo una pequeña compensación? Él responde mientras se le acercaba peligrosamente a su rostro. Sara no tenía argumentos para refutar lo que había dicho Caspian. Si ella decía algo, estaría contradiciéndose a sí misma. Lo cual la dejaría en una situación vergonzosa y precaria. Su orgullo no se lo permitía. Mientras Sara se mantenía en silencio. Caspian, sólo se la pasaba observando cada milímetro de su rostro hasta detenerse en los labios. Sentía un gran impulso por besarlo y al ver que Sara no hablaba ni decía nada. No se contuvo. Antes de darse cuenta, Sara estaba siendo besada de forma intensa por Caspian. Y por más que luchaba. Él no la dejaba en paz. Hasta que logró zafarse por un minuto y decir. —¿Estás ebrio? Hasta ese momento, Sara no había notado que Caspian había bebido. Y él sólo respondió, mientras la sujetaba fuertemente —Aún estoy sobrio, ¿No habías dicho que yo te atraía? —Sí, pero eso fue antes, ya no me atraes ni un poco. Caspian, le sonrió. Y esto a ella le puso nerviosa. —Eso se puede arreglar. Fue lo que respondió. Sara no tuvo tiempo de refutar. Porque sus labios, otra vez, fueron presas de los deseos de Caspian, él estaba poseyendo sus labios, sin darle tregua de respirar a Sara, había introducido su lengua, hasta tocar la campanilla de su garganta.
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