CAPÍTULO VEINTIDÓS Merk encajaba su bastón en el húmedo suelo del bosque mientras quebraba hojas con sus botas ya con varios días caminando de vuelta en el Bosque Blanco y determinado esta vez a no detenerse por nada hasta llegar a la Torre de Ur. Mientras caminaba, cerró los ojos y no pudo evitar ver la misma escena de duelo, a la chica, a su familia, ella llorando…. Con sus palabras finales aún haciendo eco en sus oídos. Se odiaba a sí mismo por haber regresado por ella; y se odiaba a sí mismo por haberla dejado. Merk no podía entender lo que le estaba sucediendo; toda su vida había sido inmune a la culpa, al remordimiento, a los problemas de otros. Siempre había sido un hombre solitario, en su propia isla y en su propia misión. Siempre había tratado de mantenerse a una distancia razon

