CAPÍTULO VEINTICUATRO Kyra volaba tan rápido por el aire que apenas si podía respirar, con el vapor frío de la cascada envolviéndola mientras daba vueltas y sus gritos apagándose por las rugientes aguas. Abajo, apenas si pudo distinguir a Leo y Dierdre que caían en alguna parte de la gran nube de espuma blanca con sus cuerpos introduciéndose en los rápidos del turbio Río Tanis. No tenía idea de si habían sobrevivido a la caída; pero no se miraba prometedor. Kyra vio su vida pasar frente a sus ojos. De todas las maneras en que podía morir, nunca había pensado que sería así. Miró hacia abajo y vio un grupo de rocas en la base en donde caía el agua levantando olas de espuma. Pero también alcanzó a ver una pequeña abertura entre las rocas; si pudiera aterrizar ahí entonces tal vez, sólo tal

