CAPÍTULO TREINTA Y UNO Merk se apoyó contra las frías puertas plateadas de la Torre de Ur, sentado en el suelo como ya lo había hecho por días a pesar del frío, del entumecimiento en piernas y brazos y del hambre, rehusándose a irse. No aceptaría el rechazo de los Observadores. En su interior sentía más que lo que nunca había sentido, que este era su hogar, que él tenía que estar aquí. Además no podía simplemente irse sin haber resuelto el enigma con el que se enfrentaba. Sobre todas las cosas, Merk odiaba los enigmas. Amaba la razón y el orden, y esperaba que todas las cosas siguieran un patrón racional y lógico. Siempre había vivido su vida como un hombre racional, incluso cuando mataba personas. No le gustaban los misterios ni las cosas que no tenían explicación, especialmente cuando

