Despertar y sentirse desorientada hasta de tu propia identidad es como caer eternamente en un pozo. Y recuperarla es un baldazo de agua fría con cubos enormes de hielo que te golpean la espalda y te enfrían la nuca; sientes escalofrío y ganas de salir corriendo. ¿A dónde? A donde sea. Lejos de tu propia vida. Dante estaba a mi izquierda, sentado en una silla y escribiendo en su móvil. Estaba tan inmerso que no notó que ladeé un poco la cabeza y lo miré como no me había atrevido a hacerlo desde que nos reencontramos. Era guapo. Muy guapo. Pero lo mejor de él eran sus ojos. Su mirada. Ahora que no la tenía, sentía el vacío de su ausencia. De repente, sentí la necesidad de que me mirase y jamás corriera los ojos de mí. —¿Dónde estoy? Dante dejó de teclear y alzó la mirada con los ojos bie

