De los veintiocho años de vida que tengo, jamás, en toda mi vida, había cometido tal locura, mucho menos con alguien de testigo. Yo siempre había sido un hombre íntegro, aún cuando era normal en la adolescencia no obedecer las reglas y portarse mal. Siempre había sido un hombre bueno, de principios y valores altos como mis exitosos y trabajadores padres me habían criado, con una educación rigurosa y cara en uno de los mejores colegios del país. Sencillamente mi vida se había descolocado como un niño de tres años quien tira y desparrama una pila de prendas recién planchadas. Eso había hecho él con mi vida: la había tomado y la había revuelto, como en una licuadora, y él tenía el mando. Yo me sentía fuera de sí todo el tiempo, haciendo cosas extrañas e impulsivas como lo que había ocurrido

