Capítulo 5

2390 Words
25 de marzo de 2019 Barquisimeto, Lara   05:00 de la madrugada marcaba el reloj cuando mi tía fue al cuarto de Camila a despertarme. En mi mente, agradecía a Dios que ya el día había llegado y pedía que tomara el control, que fuera Él dirigiendo cada una de mis palabras. Me lavé la cara, cepillé mis dientes y me vestí tan rápido como pude, para que mi tía me maquillara. No estaba nerviosa hasta ese día que florecieron todas las emociones. Al terminar, mi tía me entregó el desayuno para que comiera cuando estuviera a que mi abuela. Ellos me dejaron en la entrada de la Ruezga Sur, pues debían trasladar a las niñas al colegio, y ya se hacía tarde. La cabeza me daba vueltas mientras caminaba hacia la casa, repasando cada parte del esquema. Tenía hambre además y eso no ayudaba mucho que digamos.   Una vez llegué, fui al baño de prisa. Los nervios me tenían mal, más de lo que me gustaría admitir. Desayuné y cuando llegó mamá, me comuniqué con Juan Diego, quien entonces era mi tutor. De no haberlo hecho, no me habría enterado que él no estaría presente en la defensa. Aquello supuso una especie de pantallazo azul en mi sistema operativo, por decirlo de alguna manera. Nos fueron a buscar finalmente para llevarnos a la universidad. Procuré mantenerme tranquila, sabía que Dios estaba al control. Al estar allí, el vigilante abrió el salón donde sería la defensa, mi mamá y mi tía se ocuparon de organizar el espacio mientras yo subía a buscar unos papeles que necesitaba y comunicaba a los jurados que mi tutor no estaría presente. En sustitución de Juan Diego estuvo la doctora Rosiris Márquez, quien funge como jefa del departamento de investigación de la Escuela de Comunicación Social, y como jurado las profesoras Osvil Godoy y Ayari Orellana. Recuerdo que al empezar, estaba nerviosa por lo que tuve que tomar bastante agua y yo misma decidí empezar de nuevo. Esa segunda vez lo hice mejor, pero los nervios aún querían hacer de las suyas. Cuando por fin terminé, exhalé profundo. Luego pasamos a la ronda de preguntas y, por cosas de la vida, me desenvolví mejor. Era como que: bueno, ya lo peor pasó, vamos con todo. Al salir para la deliberación, me encontré con Jhonny y Fabiola, mis líderes en la iglesia, minutos después, llegaron las pastoras Yasmin y Jacqueline junto al pastor Mervin. Realmente fue muy bonito verles ese día, significó mucho para mí. Estuvimos conversando un rato y entonces nos llamaron para el veredicto. Recuerdo ese día como si fuera sido ayer. Fue la profesora Osvil quien hizo lectura del Acta de Veredicto, a su lado estaban los profesores Víctor Rojas y Ayari Orellana, junto a mí estuvo la doctora Rosiris. Estaba nerviosa, las manos me sudaban, en mi mente ya cantaba victoria y le agradecía a Dios por ello. Las últimas palabras fueron las que sellaron mi sonrisa de gratitud. —Este equipo de discusión emite el siguiente veredicto —Una sonrisa nerviosa y emocionada ensanchó mi rostro. La rodilla me temblaba más que de costumbre—, el trabajo de grado obtuvo la calificación de 19 puntos. ¡Sí! La euforia invadió todo mi ser. Por supuesto, ese momento quedó grabado en un vídeo, además de las fotos. Estaba feliz, agradecida con el Padre de permitirme terminar la carrera, de darme la victoria. Sabía que Él estaba al control de todo, como dice su Palabra en Romanos 8:28:   Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. (RVR 1960)   Ese mismo 25 de marzo a las 13:21 hora local ocurrió el cuarto apagón nacional. En esa oportunidad, fueron 16 estados, entre ellos, Lara, los que quedaron sin servicio eléctrico. ¿La causa? Según el régimen, se trataba de otro ataque imperialista. La causa real fue una falla en la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar, en la represa del Guri. Siendo sincera, no sé que habría sido de mí si aquel apagón hubiera ocurrido durante la defensa, realmente no lo sé. Me habría gustado que mi padre y mis otros dos hermanos estuvieran presentes aquel día, poder compartir con ellos ese logro tan importante. Debo decir que esos cinco años y medio de carrera fueron los más satisfactorios, llenos de aprendizaje, donde conocí a las personas más extraordinarias, con quienes mantengo una amistad muy bonita hasta el momento. Aquel 25 de marzo por la noche, en medio de la oscuridad, le dije a mi mamá para orar juntas. Al terminar, lloré de felicidad. No era para menos. La defensa de mi trabajo de grado era algo con lo que soñaba desde que inicié la carrera y pude lograrlo solo con el respaldo de Dios, estoy convencida de que sin Él no habría sido posible. Solo quedaba esperar el acto de grado, para recibir el título y convertirme oficialmente en Licenciada en Comunicación Social.  En la Palabra de Dios, la Biblia, hay un versículo que, personalmente, me gusta mucho, lo hice muy mío, es Proverbios 16:3 que dice:   Encomienda al Señor tus obras, y tus planes tendrán éxito.   Los siguientes días pasaron tan rápido como el Rayo McQueen o el mismísimo Meteoro en una carrera. Estaba ayudando a Bryan con su tesis, ya estaba por defender y necesitábamos terminarla lo más pronto posible. Hay un refrán popular que dice “un solo palo no hace montaña” y es cierto. La situación del país no estaba para aferrarse a un solo trabajo. Por más que yo tuviera ingresos haciendo trabajos de otros, no era suficiente, aparte de que no era frecuente. Aunque lo deseara, no podía meter curriculum en un medio de comunicación pues aún no tenía el título ni la suficiente experiencia como para entrar. Si bien había trabajado en un medio digital dos años antes y colaborado en la televisora de la Universidad durante la carrera, no bastaba. ¡Quería trabajar! Necesitaba otra fuente de ingresos para ayudar a mamá y a mí misma a conseguir mis artículos, darme mis lujos, como quien dice. Bryan defendió su tesis el 21 de mayo de 2019 y obtuvo la mejor calificación, eso me alegró muchísimo. Una semana después, me encontraba en el acto de grado de varios compañeros de clase, compartí con ellos, nos tomamos fotos y más. Deseaba que ese fuera mi acto de grado pero no se podía, a mí me correspondía el de noviembre. En aquel momento pensé que era mejor así por si mi papá regresaba al país.     Por otro lado, la relación con José Miguel no iba del todo bien. Él no se sentía cómodo en Barquisimeto, de hecho, ni siquiera me acompañó al acto de grado de mis compañeros. No le di vueltas, hice lo que tenía que hacer y él no se opuso. Me dio gusto acompañarlos, a la mayoría los conocía desde el primer semestre, con otros compartí solo algunas clases. ¡Daba igual! Estudiamos lo mismo y lo ideal era apoyarnos en este momento tan importante. Cuando llegué al Teatro Juares, todo fue impresionante, en serio. Habían fotógrafos por todos lados. Ya era un poco tarde, así que los muchachos ya estaban preparándose para entrar. No podía acceder junto con los que tenían pase, sino que debí esperar que todos entraran y que quedara espacio suficiente para quienes no lo teníamos. En fin, logré estar presente en el acto. Aplaudí como nunca a mis colegas, los conociera o no. No obstante, hubo un nombre que produjo no mariposas sino un zoológico entero con animales de toda especie extinta o no. Un nombre al que respondía el único individuo, el único hombre que derretía mi corazón desde que lo conocí. —Davyen David Galindez Arteaga —pronunció el orador del acto. Al escucharlo, todo a mi alrededor se detuvo, así lo sentí yo. Entré en shock, quedé muda. No sabía que decir ni como actuar. Él estaba allí, ese era su acto de grado y, ¡Dios! Solo deseaba que todo se terminara para poder buscarlo, verlo, abrazarlo. Nuestra amistad básicamente fue virtual, y después de tantos años, teníamos en bandeja de plata la oportunidad de volvernos a ver. —No puedo creerlo. Él está aquí. —Me dije a mí misma. «Creo que necesito un café, un jugo algo», pensé. Estaba tan inmersa en mis pensamientos que no me di cuenta de que el acto ya había terminado. Bajé las escaleras con un solo propósito: buscarlo a él. Mi mente y corazón gritaban al mismo tiempo, pero yo no quería escucharlos a ninguno de los dos. Ya tenía una determinación y nada me haría cambiar de parecer. Al estar en la entrada, por fin, saludé y felicité a los muchachos. Busqué a Cristhians, mi gran amigo de toda la carrera, cuando le encontré lo abracé y cuando íbamos de camino a tomarnos las fotos, vi a la persona que tanto esperaba. Él estaba de espaldas, hablando con una señora que asumí, era su madre —y no me equivoqué—, solté un suspiro y le saludé. Él se dio la vuelta, tardó tres segundos en reconocerme y fue allí cuando gritó mi nombre, seguido de un abrazo que aceleró mi corazón. —¡No puedo creerlo! ¿Qué haces aquí? —Oh, pues, estaba acompañando a mis ex compañeros de clase. —Él asintió comprendiendo, me tomó de la mano y empezamos a caminar. Nos tomamos una foto que, si me preguntan, aun mantengo guardada; es un gran recuerdo, la verdad. Aquel día fue mucho mejor de lo que imaginé. Ese día vi a Jonathan, lo felicité luego no hubo más intercambio de palabras pues él se retiró. Yo me adelanté a buscar a Davyen que se tomaba fotos con sus amigos. Al final del día, regresé a mi casa. Él se fue a celebrar con sus padres, a quienes tuve el gusto de conocer, y luego seguí mi camino con la esperanza de verlo de nuevo. En el regreso a casa, recordé el día que nos conocimos, hacía cuatro o cinco años. Fue precisamente en la universidad, en la cola para pagar una cuota administrativa. Yo soy de las personas que, para no aburrirse, busca entablar conversación. Y pues, él estaba allí en silencio. Recuerdo que cuando yo llegué a la cola, estaba bastante larga, a la altura de la oficina del decanato de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FACES). Davyen ya estaba allí, era el último. Me ubiqué detrás de él y pasados unos minutos, le pregunté un par de cosas sobre la cola. Él respondía con timidez, aunque también parecía incómodo. Cuando estuve dentro de mi casa informé a mamá para que no se preocupara.  Le escribí a Davyen para que me enviara la foto y poder publicarla. Hice lo mismo con mis otros colegas, y así fui colgando en mi cuenta de i********: los recuerdos de aquel acto tan bonito. Me habría gustado graduarme con ellos, pero el Señor no permitió que sucediera así. Sabía que sus planes eran mejores que los míos. Esa noche y las siguientes solo soñaba con un nuevo encuentro con Davyen y lo que pudo pasar entre los dos. Así me di cuenta que siempre estuve enamorada de él. ¿Era necesario que nos viéramos para reaccionar y darme cuenta de lo que sentía por él? Tal vez ya lo sabía y no quería admitirlo o simplemente no  Era frustrante, porque no sabía si lo volvería a ver en otro momento, si entre él y yo podía existir algo más que una amistad. Meses después, me dio la noticia de que no estaba en el país, lo que consideré una clara y eterna despedida. Sé que sonaré un poco pesimista al decir que aquella vez pensé que jamás nos volveríamos a ver. Sin embargo, en mi corazón seguía latente mi sentimiento hacia él. José Miguel, que conocía parte de mi vida, supo lo que ocurría con Davyen porque yo misma me atreví a contárselo, no quería que se enterara por bocas ajenas que podrían hasta inventar quien sabe cuantas barbaridades. Me di la tarea de darle a conocer todo lo que él ignoraba o no se atrevía a preguntar sobre mi pasado. No quiero decir, con esto, que era una loca de carretera; simplemente, no le contaba mi historial de desilusiones a todo el mundo. Él era parte de mi vida y quería que supiera lo que era importante y necesario para el bienestar de la relación. —Entonces, ¿qué pasará con lo nuestro? —Su pregunta me arrebató la sonrisa, no quería pensar en despedidas, era lo que menos deseaba. Estábamos sentados uno frente al otro en la barra de la cocina, ya habíamos terminado de desayunar—. Stefanía, te hice una pregunta. —Sí, te escuché. —contesté, cabizbaja. Él me tomó la mano y con la otra me levantó el mentón para que yo le mirara a los ojos—. No quiero pensar en una despedida. —No es necesario que nos despidamos, yo tampoco quiero eso, de hecho. —Me aseguró con una sonrisa muy mal simulada—. Te pregunté qué pasará con nosotros porque quiero que seamos francos, ¿tú quieres tener algo con ese chamo? —Me habría gustado antes, no lo niego, cuando nos conocimos. Pero no ahora, ya no. —José Miguel me miraba fijo a los ojos—. ¿Qué? —Solo quería que me vieras a los ojos cuando me lo dijeras, quería ver la sinceridad de tus palabras. —Nunca he sido tan franca como ahora contigo, José Miguel. Eso te lo puedo asegurar. —Asintió una sola vez con la cabeza, me sentí bien al contarle todo, sentía que me quitaba un peso de encima. Yo me levanté de la silla y me acerqué a él, que se veía mucho más alto que yo. Bueno, lo era. José Miguel me miró y me abrazó con fuerza como quien no quiere soltar algo preciado. —No te voy a soltar, jamás. —susurró antes de depositar un beso sobre mi cabeza. —Tampoco te pediré que lo hagas. —refuté, hundiendo mi rostro en su cuello impregnado de una fragancia exquisita.
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